<3 de un mundo sin corazón

Publicado originalmente en Blind Field Journal, 26 de mayo de 2016

Por Maya Gonzalez y Cassandra Troyan

Traducido por JM

A propósito de la economía política del romance en el capitalismo, Eva Illouz describe la “paradoja del vínculo romántico” que “aunque puede estar motivado por un interés egoísta, es plenamente convincente solo si, en cierto momento, el individuo demuestra su desinterés”. Como añade Illouz, “una vez que la elección se ha hecho y el vínculo romántico se establece, lo que la gente ve como los actos más amorosos son esos que son aparentemente indiferentes a su «valor de mercado»” [1]. Nos preguntamos: ¿en qué se convierte el pacto romántico una vez que se paga por los servicios de la percibida “amada”? Hoy en día, una mujer profesional con experiencia que se ha convertido en “novia profesional” explota la socialización de su género al desplegar sus habilidades “inherentes”, aprendidas a través de toda una vida de heterosexualidad obligatoria, con el fin de procurarse una buena vida. Lo que conocen quienes están en el negocio de la Girlfriend experience (GFE en internet) ha establecido el “valor de mercado” real del vínculo romántico. Lo esencial de esta forma de trabajo, a diferencia de la prostitución generalizada del trabajo asalariado, es el hecho de que las relaciones de explotación son consciente y deliberadamente abandonadas para producir y consumir la experiencia de ligar, salir y enamorarse. 

En el trabajo de Illouz, así como también en teorizaciones más recientes sobre el dating* posmoderno, hemos visto la experiencia del amor, el romance y el estar en pareja revelarse en su desnudo esplendor: como trabajo no pagado, o explotación mutua cómplice, inscrita dentro del inconsciente capitalista y la economía libidinal de la reproducción [2]. Sin embargo, la industria del romance ahora se ha expandido para incluir en su repertorio la acompañante prefabricada, y al hacerlo, ha cosificado sus actividades afectivas en la metamorfosis del “amor” en salarios. El romance del homo œconomicus ahora se ha realizado plenamente en la reificación de la Girlfriend Experience como el consumo de fuerza de trabajo femenina bajo el disfraz de un objeto de amor, “la amada” mercancía circula, se intercambia, y finalmente se consume

Como una forma de trabajo validada socialmente, “una mujer joven” o en otros casos “una mujer madura” puede aprovechar el oficio que durante mucho tiempo ha cultivado en ella a través de las convenciones sociales, pues el ennoviarse** ahora se ha convertido, objetivamente, en una habilidad. Aunque esta habilidad todavía tiene un carácter de género y es naturalizante, también puede ser intercambiada por salarios. Sin embargo, el desempeño “natural” de la novia se intensifica en su consumo como aquello que todavía parece como si fuera no mercantilizable, auténtico y extraeconómico. Aunque, como observa correctamente Illouz, el “amor verdadero” siempre está excluído del capitalismo, y su aparente inmediatez lo sitúa transhistóricamente a priori, en contraste a la vida moderna. Sin embargo, la particular historia del apego romántico en el capitalismo, de hecho, surgió junto con el auge de las relaciones modernas de propiedad y explotación

El amor romántico —eso que es históricamente específico a las modernas relaciones de propiedad— aparece como apego afectivo extraeconómico organizado por las formas de esclavitud precapitalistas. En el corazón del amor verdadero se encuentra un pseudo-refugio de la falta de humanidad de la competencia moderna, la separación y el despojo generalizado. Esta preservación imaginada de los lazos transhistóricos, junto con su discurso moralizante del amante, de hecho, es muy moderna y aristocrática. Sin embargo, en su masivo atractivo unidimensional fue primero democratizada en el siglo veinte y ahora es privatizada bajo el neoliberalismo. Sin embargo, lo más importante es que la banalidad naturalizada y la “autenticidad” aparentemente transhistórica del amor cortés se fabricaron necesariamente a través de la destrucción violenta de todas las otras formas de experiencia comunitaria y no-capitalista.

Este fenómeno se extiende a la totalidad de las relaciones sociales. Según Giorgio Agamben en “Ensayo sobre la destrucción de la experiencia”, la modernidad anuncia el fin de la experiencia auténtica. La proposición de Agamben de que “cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que ya no es algo realizable” es el punto de entrada para nuestra exploración de la Girlfriend Experience [4]. Si la experiencia en sí misma es imposible, entonces es solo dentro del contexto de esta imposibilidad que la “experiencia” como mercancía puede existir. Ennoviarse, en tanto una forma mercantilizada de pseudo-experiencia, consiste en una relación de trabajo discreta entre una “proveedora” de experiencia romántica —o una “sugar baby”—  y su consumidor, el “aficionado” o “sugar daddy”.  Durante el encuentro individual o durante un compromiso continuo, esta relación de trabajo aparece como el no-consumo de una mercancía experiencial, aunque ocurre en un proceso de trabajo real que proporciona servicios íntimos. El producto (el valor de uso en cuestión) es la experiencia del consumidor del consumo auténtico en sí (una contradicción par excellence), fuera de la dominación directa de las fuerzas del mercado.

Para una novia profesional, el lugar de trabajo es todos a la vez y ninguno —todos, es decir, aquellos donde su smartphone tiene cobertura—. El límite de dónde termina su trabajo y empieza su vida real es completamente borroso. La verdadera particularidad de su “repentina” alcoba es lo que ocurre dentro, ya sea a simple vista o en la parte baja. Esta particularidad es el consumo-productivo de una mercancía aparentemente no mercantilizable: el amor. Por lo tanto, la puerta a su corazón puede y debe residir en los límites de la dominación directa mientras que simultáneamente se incorpora en los patrones y circuitos de la reproducción cotidiana y de su propio auto-mantenimiento como fuerza de trabajo femenina.

Sin embargo, esta relación de vendedor a comprador, y la relación de proveedor/consumidor que provoca, no podría parecer auténtica si no estuviera ya subsumida bajo la lógica del mercado y estructurada por una economía política de la reproducción libidinal. Esta des-aparición de la mercantilización del ennoviarse niega su determinación social suprasensorial (es decir, suprime la mediación del dinero y la clase detrás de las espaldas de los amantes y las amadas) e inmediatamente consigue el carácter de autenticidad en la “pasión” transversal y abierta en el límite entre dominios constitutivos: el lugar de trabajo y la alcoba/cocina; la morada oculta de la producción y su recíproco reproductivo; y el reino de la necesidad y (para algunos) de la libertad. La novia como experiencia emerge en el nexo de una división cada vez más permeable, disociante y orientada hacia el abyecto*** entre las esferas directa e indirectamente mediada por el mercado [5].  Precisamente es la destrucción socializada de la experiencia lo que constituye la condición de posibilidad para “la experiencia” del ennoviarse, ya sea remunerado o no. La precondición necesaria de la experiencia auténtica simulada se basa en la imposibilidad de tener relaciones auténticas o no mediadas. Esta base de inautenticidad es históricamente específica a las modernas formas políticas y económicas capitalistas, en la medida en que requiere, primero, que dos individuos se encuentren como sujetos “libres” dentro de una condición generalizada de intercambio “libre”.

Dicha igualdad, entonces, pone en movimiento relaciones de poder desiguales entre los sujetos en cuestión y, de hecho, es la causa misma de la invocación de la igualdad. El intercambio de equivalentes entre sujetos abstractamente desprovistos de género y abstractamente iguales —encarnado en la objetividad y transferibilidad del dinero entre los propietarios— debe ser rápidamente rechazado en el momento en que aparece. Los sujetos vuelven a ser inmediatamente individuos desiguales y determinados por el género para que el trabajo comience, es decir, para experimentar la producción. Igualmente, la autenticidad es el producto de la inautenticidad generalizada o la “libertad universal” —lo que significa, inversamente, condiciones desiguales de dependencia mercantil, trabajo asalariado y distribución asimétrica de la riqueza— que organiza socialmente los perímetros dentro de los cuales la experiencia en tanto mercancía puede comprarse. El contexto de la generalizada (des)igualdad proporciona un campo de juego para el desempeño de la “vinculación social inmediata y auténtica” basada en el intercambio de tiempo, trabajo y dinero.   

Puesto que el intercambio de dinero y tiempo debe ser rechazado inmediatamente, se esconde en el mismo momento en que aparece. O, más probablemente, el sueldo informal se mantiene completamente oculto a la vista. El uso de PayPal y otras formas monetarias de mediación caracterizan la especificidad de la Girlfriend Experience y marcan la diferencia entre las divisiones usualmente racializadas dentro del ámbito de la prostitución y el escorting****.  Aunque el tacto de esta forma de pago puede garantizarles discreción a las poblaciones que no se consideran criminalmente sospechosas —tal como una sugar baby que no se identifica como trabajadora sexual y recibe su pago bajo su nombre de nacimiento— para quienes están dentro del comercio sexual la criminalidad en la persona les prohíbe el acceso a numerosas plataformas, independientemente de si el trabajo mismo está criminalizado.

En este sentido, el sello distintivo del “azúcar” de una sugar baby es el disfraz del dinero en efectivo y la transferencia de medios de intercambios más personalizados como remuneración. El azúcar de la nena es limpio y lavado institucionalmente. Por esta razón la sugar baby debe usar su propio nombre y revelar totalmente su identidad personal si espera sacar su azúcar fuera del punto de intercambio. Esto a menudo requiere que sea una ciudadana legal y que tenga un estatus descriminalizado. De la misma forma, esos que hacen de “daddy” también deben seguir siendo “quienes son en la vida real” para poder hacer los cheques (usualmente inscritos con los nombres y direcciones de sus esposas) o los depósitos bancarios directos y otras formas inmateriales de dinero personalizado que circulan entre los individuos igualmente “legales”.

Esta revelación de la identidad real, sin embargo, solo rechaza aún más y encubre la esencial naturaleza transaccional del intercambio de dinero por sexo. La condiciones ya existentes del fetichismo de la mercancía y el salario, así como la identidad y la asignación naturalizada del género, son fundamentales para mantener el olvido del consumidor ante su criminalidad y su carácter “desagradable”. En todo caso, el “engaño” se imagina más peligroso para los presuntos sugar daddies que su posible arresto o condena, pues un procesamiento legal es practicamente impedido por su pertenencia real de clase y sus usuales  prácticas contables evasivas. Sugar daddying es, pues, un hobby reservado para CEOs, abogados, magos de la tecnología y capitalistas de riesgo quienes ya tienen el hábito de comprar fuerza de trabajo en el mercado libre y disfrazar su ambigüedad ética, liberándose así (al menos por ahora) de repercusiones extramaritales. Aunque su estatus burgués le ofrece algo de protección a las novias que contratan, esto también abre avenidas para el riesgo y la explotación que de otro modo no existirían para las prostitutas.    

Para que las sugar babies puedan capitalizar totalmente su relación financiera deben reproducir todos los detalles íntimos de sí mismas para que el daddy pueda ver que su dinero está teniendo un buen uso. Se entiende que él está haciendo una inversión y quiere ver un retorno. Incluso sin la escena de negociación real, la reciprocidad debe imaginarse. Para Brandon Wade, el fundador de seekingarrangement.com, “cada relación exitosa es un acuerdo entre dos partes. En los negocios, los socios firman contratos de negocios que establecen sus objetivos y expectativas. Del mismo modo, las relaciones románticas solo pueden funcionar si dos personas se ponen de acuerdo en lo que esperan y lo que pueden dar y recibir de cada uno”. Aquí la comparación entre los negocios y el romance suscita la correlación con la prostitución generalizada: si puede ser una transacción comercial, entonces no puede ser también un romance. Si es un romance administrado por la voluntad del corazón entonces no hay negociación.

Quienes quieren proteger su acceso a la riqueza en el negocio del azúcar lo hacen reforzando su rechazo transaccional a la vez que se distancian de la conducta criminal.  Estas “Sugar Sisters” en el blog de azúcar, “Let’s talk about Sugar”, han desarrollado un conjunto de reglas claras para las “SUGAR BABIES QUE NO PERTENECEN AL TAZÓN”: quienes carecen de objetivos, tienen privilegios especiales, buscadoras de minas y, por supuesto, las escorts. Aunque las “real babies” afirman que no intercambian sexo por dinero, el parecido del sugaring al trabajo productivo es un componente necesario para su desempeño. Desde su punto de vista burgués, la sugar baby  agrega el valor necesario a la vida de él (y viceversa): “somos sus porristas cuando necesita una, su terapeuta cuando necesita un lugar seguro y, para algunos, nos volvemos su pequeña chica sexy. A cambio, nos cuidan y malcrían”. El sugar daddy asiste financieramente a su nena para que ella consiga sus objetivos de vida y sus sueños por el placer de verla triunfar. 

Pero este placer naturalmente no está exento de motivación, o al menos de incentivos visibles, ya que debe basarse en otra condición contractual rechazada: la sugar baby es una inversión con la noción fetichista de que ella ayudará en alguna forma de creación de valor o con la expectativa de aumentar el valor de su “capital humano”. ¿Qué está en juego en esta transacción? Una vez que sus necesidades son establecidas, es importante que esta asignación mensual vaya hacia un objetivo profesional o, preferentemente, de emprendimiento. Si ella solo va de compras y consume por el simple hecho de consumir, jugando el rol de la muñeca denigrada, proporciona un atractivo particular para esos que buscan un acuerdo “Sin compromisos”. Sin embargo, una relación prolongada requiere que la sugar baby esté en deuda con su sugar daddy. Una deuda que ella nunca pueda pagar, sino que deba estar pagando constantemente, mientras él espera aliviarse de la vergüenza que le causa la relación de intercambio subyacente a través del sentido de su propia generosidad auto-gratificante

Como Maurizio Lazzarato ha demostrado, la creación de deuda y la reducción de deuda forman el corazón estratégico de la política neoliberal forjando una dinámica de poder desigual entre el deudor y el acreedor. En la cual la creación de deuda y la reducción de deuda no son categorías antitéticas, ya que la deuda es necesaria para extender los sistemas políticos de control, como las medidas de austeridad, que intervienen y recuperan los servicios obtenidos a través de la lucha social. Para recuperar el Estado de Bienestar para la ganancia privada se requiere la absorción de los servicios públicos en el sector privado para la acumulación capitalista, un proceso que simultáneamente se alimenta de una dependencia de la culpa para producir procesos de subjetivización o la perspectiva de que “la economía neoliberal es una economía subjetiva” [6]. Aquí la economía de la subjetivización depende del placer físico femenino naturalizado como una extensión de esas características que le permiten tener un abundante ingreso del altamente orquestado trabajo de la feminidad. Este trabajo se oculta y niega debido a su naturalización, convirtiendo la reproducción del género en un trabajo no remunerado. En un rol en el que ya hay una intensa expectativa de desempeñarse vigorosamente y a la orden, a menudo la llamada a disfrutar se añade como un bono adicional a su favor en lugar de considerarse como una parte de su proceso de trabajo acumulativo.

En el caso del consumo de sexo ilícito por parte de la clase trabajadora, los medios de intercambio usualmente vienen en la forma de pago en efectivo. Aunque el dinero en efectivo evita el lío de la responsabilidad personal, criminaliza, sin embargo, a los sujetos que lo acumulan en grandes cantidades y puede utilizarse potencialmente como evidencia en casos de evasión de impuestos o en gran medida sigue siendo sospechoso. En la forma de dinero en efectivo toda la historia de la adquisición monetaria está oculta tras el velo de su universalidad (el efectivo no tiene ninguna indicación de sus orígenes y las labores asociadas a él) y por esa razón circula en la economía sumergida******. De la misma manera, la policía puede utilizarlo para señalar la presencia de trabajo criminal.

Por lo tanto, el dinero en efectivo criminaliza a quienes lo tienen y notoriamente libera a ciertos servidores públicos de reprimendas legales, permitiéndoles acceso libre a trabajos sexuales a cambio de inmunidad y potencialmente penalizando una serie de abusos, posiblemente la violación y con demasiada frecuencia el asesinato. El aumento de formas inmateriales de efectivo, a saber, el bitcoin, ha ayudado a descriminalizar este modo de intercambio. Sin embargo, en relación a la práctica social generalizada de pagar con plástico, débito y otras formas no-monetarias, el dinero en efectivo es cada vez más criminalizado y criminalizante para quienes no tienen acceso a los bancos [i].

En el caso de la puta que hace de novia aunque en realidad es una mezcla de hija-madre-amante-aprendiz-“escaladora”-profesional y terapeuta, usualmente la forma ambigua del pago la deja sin un salario monetario o, como mínimo, con menos dinero que el equivalente al valor de mercado de su tiempo de trabajo. Sin embargo, en relación a la novia de facto no pagada, la sugar baby (a veces ella misma  novia no pagada en la vida real) se vuelve consciente de las labores no pagadas de las novias “naturales” en su iluminadora y desnaturalizada objetividad.

De esta forma, el pago de valor inmaterial —sea cual sea el azúcar en el que se manifieste— revela el inconveniente de la Girlfriend Experience como trabajo “pagado”, a saber, la posible abyección y re-amadecasificación [re-housewifization] del trabajo sexual,  en la medida en que los medios de pago por el tiempo de una sugar baby fluctúan constantemente entre pago en dinero y pago en especie (es decir, en valores de uso y medios de subsistencia). Aunque el pago en especie puede incluir cualquier cosa desde comida, ropa, hasta techo, también incluye cosas que son compartidas mutuamente por la baby y el daddy durante el transcurso de su compromiso; en tanto relación debemos recordar que incluye la ejecución de trabajo oculto. Un daddy rico puede gastar dinero en sus “aventuras” (algunas veces superando el salario anual de ella) para comprar cosas que su nena nunca, ni en sus sueños más salvajes compraría, y que ella imagina que como posible-ingresos podrían pagarle, en cambio, la universidad o la atención médica. Los ingresos del daddy son determinados por su propiedad, su estatus y su acceso a una idealización fantasmagórica de compañía romántica; los de ella dependen solo de la única propiedad de la que es dueña: su piel.

Usualmente, el desempeño de la Girlfriend Experience en su consumo-productivo necesariamente incluye la explotación basada en el género y la raza de trabajadoras de servicios peor remuneradas: cocineras, criadas, niñeras, camareras y choferes, que proporcionan los cimientos de la propia explotación de la sugar baby y la producción de la experiencia de clase del daddy. Las sugar babies, de manera muy similar a las trabajadoras domésticas que contratan servicios domésticos, usan su propio salario privilegiado para comprar el trabajo de mujeres proletarias peor remuneradas, incluso si es inevitable y siempre simultáneo a su propia explotación. Del mismo modo, su trabajo es el de la autenticidad afectiva y, por lo tanto, requiere que realice, durante el transcurso de su trabajo, la apariencia de pertenencia de clase como si en su propia vida fuera realmente la querida amiga y familia de la burguesía.

Sin embargo, una vez que la transacción monetaria ha sido hecha, o al menos se ha prometido, estos súbditos burgueses regresan a su estatus original, de individuos determinados por la clase y el género, para que comience el trabajo de ennoviarse. Sin embargo, la noción de igualdad debe ser sostenida en la medida en que emparejarse sigue siendo “consensuado” y resultado de elecciones libres. Aunque, como todo buen marxista sabe, el intercambio de dinero por fuerza de trabajo es precisamente la suspensión consensuada de la agencia para que el capital pueda mandar a voluntad sobre cuerpos laborantes. El que ella produzca “autenticidad” —y no sexo— extingue la apariencia de igualdad mediante la preservación y el desempeño de una singularidad radical, pero conserva la agencia solo en la medida en que su trabajo lo requiere para que él rechace su dominación económica sobre ella. Y  en ese sentido puede parecerse al romance sin pago. Así, la dialéctica entre la universalidad y la particularidad, entre la autenticidad y la intercambiabilidad genérica, coreografía el pas de deux en el que la mercancía-experiencia amorosa puede aparecer como una danza interpretativa.

Sin embargo, como alguien interesada en su propia autopreservación, pero al mismo tiempo dedicada potencialmente a la praxis revolucionaria, lo que la sugar baby ofrece (y quizás no sea diferente a cualquier feminista que esté bien pagada y tenga un estatus más legal, socialmente “humanizado” y sea más empleada que sus hermanas) es una categoría analítica y subjetivadora, un punto de vista sobre la situación contemporánea de los sujetos abyectos. Y, tal vez incidentalmente, ofrece una visión de las condiciones del trabajo no pagado y naturalizado realizado por novias (y novios) que en sí mantiene todos los aspectos de las relaciones sociales capitalistas que se desearían abolir. Al igual que la crítica al trabajo doméstico, lo que el trabajo de novia muestra es el hecho de que el trabajo de algunas puede transformarse en el tiempo de juego de otros, dependiendo de los ingresos y el comportamiento determinado por el género de cada cual. El trabajo de la experiencia se realiza en el lugar de ocio de un cliente o un daddy: un largo almuerzo en la semana, seguido por una compra compulsiva, cenas caras, una noche de fiesta tomando y bailando, tiempo íntimo sin prisas y a solas “explorando los cuerpos de cada uno” en hoteles de cinco estrellas. En el espíritu de la diversión, por tanto, el trabajo rutinario de una persona que solo quiere/necesita un ingreso monetario necesariamente es el tiempo de juego espontáneo de otra, dependiendo del acceso profundamente desigual que algunas tienen al mercado de las mercancías en relación con otras.

El sujeto moderno que busca la experiencia no es el hombre burgués, como sugiere Agamben, sino su propio fantasma. Incluso más, “un sujeto” es su compañera de juegos, una hechicera astuta que controla y se vuelve el agente de su fantasía. Ella evoca los poderes seductores de la imaginación para conjurar el regreso extático de los fantasmas de la experiencia. Como médium ella mantiene abiertas “estas puertas de los sueños”, cultivando varias zonas de disfrute fantasmático. Así, ella está bien sintonizada con los múltiples requisitos del deseo: lo hace regresar eternamente, lo hace enamorarse, supuestamente le da “a los dos” química mientras que vuelve a alinear meticulosamente las estrellas imaginarias.

El amor se vuelve para ella un acto de magia; el sexo es su sesión espiritista. En este sentido, ella coje por dinero, nunca por amor, pues “el amor por la prostituta constituye la apoteosis más completa de la empatía con la mercancía” [7]. Para ser amada en contra de su voluntad real, entiende que su inmaterialidad se concretiza a través de una percibida relación sexual que sitúa la otredad radical en su pura objetividad, pero fantásmicamente. Como escribió Lukács famosamente  acerca de tal inminente reificación: “una relación entre personas toma el carácter de una cosa y, de este modo, toma el carácter de una «objetividad ilusoria» que, por su sistema de leyes propio, riguroso, enteramente cerrado y racional en apariencia, disimula toda huella de su esencia fundamental: la relación entre las hombres. (…) Pero aquí se trata de saber en qué medida el tráfico mercantil (…) [es capaz] de influir en toda la vida, exterior e interior, de la sociedad” [8]. Quizás hayamos llegado a la respuesta, pues la (in)materialidad de la experiencia revela que el imperativo de disfrutar el goce sexual auténtico  es desear la autenticidad más que el sexo mismo. Es solo a través de una fuerza mágica de trascendencia que el amor en forma de trabajo se aliena en su producto, a través de la eliminación de su base en el intercambio. Este es el deseo contradictorio que impulsa al inconsciente burgués: atravesar los fronteras de sus límites absolutos en la búsqueda de la autorrealización en los rincones más recónditos y las santidades más profundas del ser social.

Desde el punto de vista de la novia, ella es más un sujeto que él, pues solo ella reconoce conscientemente que el verdadero sujeto no es ni él ni ella, sino, de hecho, el valor. Su trabajo es el medio por el cual él ejerce el poder a través del mando de su billetera. Y, por lo tanto, él no es más que una billetera. La relación de intercambio entre una vendedora de experiencia y la fuente de ingresos que busca controlar a través de su “timo”, es la fuerza subyacente que guía la experiencia de “intimidad real” del sugar daddy. En el caso particular de la trabajadora real detrás de la Girlfriend Experience (el sujeto detrás del sujeto que ella desempeña), su trabajo consiste en ocultarse ella misma como empleada del sugar daddy. En resumen, la experiencia fantásmica del sugar daddy es la experiencia del fetichismo de la mercancía en sí realizado sobre él como capital reificado. La inversión de la vida se invierte dos veces: relaciones sociales de producción como relaciones entre cosas —y en este caso en particular entre la “novia” y la billetera— aparecen invertidas como relaciones materiales entre “gente” “auténtica” y “real” que consiente (en la forma de un contrato informal) a compartir un verdadero “buen momento”. La Girlfriend Experience revela el epítome más cercano de lo que los situacionistas llamaron vida espectacular. “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso” [9].

ASUNTO: Investigación de una exploración

“He pensado en aquello que estamos haciendo y quiero convertirlo en un juego que valga la pena ser jugado. En la superficie: necesitas apoyo financiero y necesito sexo, pero eso parece terriblemente simplificado. Sin embargo, está bien si es solo eso. Pero si se trata solo de eso, no es sostenible por mucho tiempo y eso también puede estar bien. Por otro lado, si realmente necesito sexo puedo contratar los servicios de una profesional de vez en cuando, pero eso no me interesa.

Lo que sea que pasó hace dos noches fue inusual para mí. Y tal vez eso se deba a que las otras mujeres con las que he estado en mi vida por varias razones se han contenido o yo he contenido partes de mí mismo. A medida que envejezco, me parece que soy más impaciente con las relaciones superficiales donde no hay nada en juego, así que estoy poniendo en juego la exploración de la pasión en mi relación contigo.

Todavía no me siento conectado contigo de la manera en que me gustaría. Mencioné enamorarse, que incluso de acuerdo a mis estándares es una cosa muy rara en la primera cita, lo admito. 

No sé si es amor lo que busco, pero lo que de seguro quiero es una conexión profunda y la experiencia de ser conocido: intimidad real”.

Para la sugar baby que desempeña la Girlfriend Experience el correo electrónico anterior hace bostezar de lo típico. Aquí vemos que afectos como “conexión profunda”, “intimidad real”, “pasión” con “verdaderos riesgos involucrados” se unen en “la experiencia de ser conocido”. Por otro lado, la sugar baby sabe (y cuenta con el hecho de) que lo que se vuelve conocido para su daddy es raramente el auto-conocimiento. Por el contrario, la auto-negación fantasmagórica es la característica más definitoria de toda sugar baby de un daddy. Porque cualquier nena que merezca su azúcar solo tiene éxito cuando perpetúa la ignorancia de su daddy no con respecto a su estatus ontológico, sino su propia ignorancia con respecto a la verdad, es decir, su búsqueda de la mercancía-empatía de una novia profesional. Con el fin de apreciar completamente la lógica invertida de un sugar daddy o cliente, el tipo de disonancia cognitiva que se muestra en el correo electrónico anterior concluye que el propósito de comprometerse con una prostituta disfrazada de objeto de amor podría potencialmente conducir al logro de una mejor comprensión de la realidad. Para comprender esta falacia debemos hacer una investigación sobre lo que significaría producir o consumir, en la forma de una mercancía, la experiencia de estar en una relación y el logro de verdadera intimidad.

Por lo tanto, la producción de la experiencia de intimidad por parte de la proveedora o sugar baby se vuelve una aspecto esencial de la Girlfriend Experience.  Lo que marca la diferencia entre el trabajo de prostitución y la Girlfriend Experience (y también la novia) es el hecho de que para una trabajadora sexual que ejecuta la representación de la Girlfriend Experience, el protocolo físico de la intimidad bordea (y puede igualarse a) la potencialidad del riesgo proporcional (indexado por su mayor valor). Mientras más arriesga su salud, su bienestar o su privacidad personal, más se acerca a ser la novia “auténtica”. Esto incluye la ejecución de servicios tales como felaciones sin protección. También son usualmente parte de la ecuación besos con lengua, recibir sexo oral sin protección, tragarse el semen y orgasmos múltiples. Sin embargo, lo que realmente define a una escort que desempeña la Girlfriend Experience es su ejecución de trabajo emocional como servicios que solo se vuelven cuantificables en su ejecución. Estos pueden incluir aparecerse y estar presente, establecer una conversación, coquetear, abrazar después del sexo, ternura, la expresión de sus “propios” deseos sexuales. Pero, de manera más importante, no se debe “apurar”, no dejar que la vean mirando el reloj, usar la hora completa, hacer contacto visual, en resumen, debe hacer que el cliente sienta que ella es una compañía y no una “profesional”.

Este último detalle es la idea en la que se basa la Girlfriend Experience: la prostituta por la que estás pagando debe fingir que la razón exacta por la que está allí no existe. Todo el intercambio financiero se basa en su capacidad para hacer invisible todo su trabajo, como si de hecho no fuera trabajo. El consumidor de la relación sexual está comprando los servicios prestados a través de un contrato de trabajo-libidinal necesario para que se desarrolle la transacción, en el cual el deseo de remuneración se suspende temporalmente para que el deseo espontáneo se pueda producir y consumir. Al igual que otros encuentros sexuales asalariados, para que se represente la Girlfriend Experience deben realizarse ciertos servicios eróticos, junto con una variedad existente de otros trabajos que se expanden más allá de una ejecución singular. Un cliente puede pedirle a una escort que realice una felación o sexo anal, pero una solicitud de ternura o reconocimiento no es una tarea finita y limitable. Al igual que la novia real, su presencia se fetichiza como un trabajo consensual voluntario de intimidad, un trabajo de amor invocado desde “la profundidad de la sensación física y desde el intercambio erótico emocionalmente delimitado” o lo que la socióloga Elizabeth Bernstein denomina intimidad delimitada [10].

La “intimidad delimitada” explica el trabajo emocional y erótico contenido en la transacción mercantil. Desafortunadamente, este concepto no examina completamente los residuos sensoriales y cognitivos que se sienten después de un encuentro íntimo. “Delimitación” se refiere aquí a las limitaciones que son posibles al fijar una tarifa monetaria y “cuya importancia es ilustrada por las consecuencias que se producen cuando se violan los límites” [11]. Las violaciones que aborda Bernstein son menos comunes, ya que se centran en situaciones donde se rompe el contrato financiero —como una escort que ofrece una tarifa más baja para los clientes que le gustan y que nunca regresan— a menudo tratando el intercambio financiero como un evento singular, incluso si se repite varias veces con el mismo cliente. Sin embargo, el trabajo de la Girlfriend Experience es parte de un proceso de trabajo material acumulativo que no se completa en la singularidad de una sesión. Lo que determina la idoneidad de la capacidad de una escort para realizar la Girlfriend Experience, lo que se podría decir que es la carga de la promesa de la intimidad, es su capacidad para construir a partir de cada encuentro y seleccionar comportamientos afectivos de un archivo evocador de sentimientos. La intimidad se cumple a través de la capacidad de apego y se sostiene mediante el aseguramiento de su repetición.

Entonces, en vez de usar el término “intimidad delimitada” usamos “intimidad negada” para designar la fisura psicológica que se necesita en los sujetos implicados para que ocurra la transacción financiera. Como una enmienda del término de Bernstein, la “intimidad negada” considera la multivalencia garantizada para negociar muchos niveles del apego performativo, especialmente en tanto que debe representar no solo el trabajo ejecutado en la esfera directamente mediada por el mercado, sino que también el que ocurre en la esfera indirectamente mediada por el mercado de la economía libidinal. Lo que Bernstein no considera es el hecho crucial de que las escorts también son novias, esposas y madres cuando están “fuera del horario”. A la inversa, los sugar daddies —que pueden tener hijas de la edad de las escorts que visitan— deberían entenderse como dirigiendo sus asuntos familiares (por así decirlo), reflejando el mundo fuera del servicio. Al mismo tiempo este reflejo organiza la economía libidinal sumergida como una esfera escondida de las relaciones socioeconómicas capitalistas gobernada por formas económicas que, sin embargo, aparecen como formas no-económicas. En vez de estar mediadas por las formas sociales del valor, las mercancías libidinales circulan a través de relaciones concretas encubiertas por la inmediatez de la reciprocidad emocional. Sin embargo, el hecho de que un mecanismo de precio funcione dentro de este campo aparentemente no-mediado es una prueba de que las lógicas económicas presuponen encuentros independientes. El sexo, el género y la economía están entrelazados con los circuitos de producción, distribución y, obviamente, reproducción.

Lo que queremos demostrar es la necesidad de considerar, para cualquiera que esté teorizando sobre la Girlfriend Experience, las formas en que estos tipos de gestos empáticos están enredados profundamente con las instituciones del amor, el matrimonio y la familia, extendiéndose psíquicamente en las vidas emocionales no-asalariadas de la trabajadora sexual y el cliente, más allá de los parámetros de un determinado encuentro pagado. De este modo, los límites entre el trabajo y lo que está “fuera del horario” permean el uno en el otro, asegurando la continua reproducción de las relaciones en general. Al mismo tiempo, una trabajadora sexual particular se está reproduciendo fuera del mercado, es decir, en la economía constitutiva de la organización libidinal indirectamente mediada por el mercado y dentro de esos mismos espacios debe prepararse para un futuro trabajo de novia. Al ver este trabajo afectivo como un modo de reproducción social buscamos historizar la Girlfriend Experience en relación con la demanda por autenticidad, intimidad, singularidad y emocionalidad inherente a las economías de servicios y como una parte integral de la mercantilización capitalista neoliberal del disfrute naturalizado y su correspondiente extensión del día de trabajo.

¿Quién es la novia?

A estas alturas nos preguntamos ¿en qué se diferencia una prostituta de una trabajadora sexual que provee la Girlfriend Experience o una novia? ¿Quién es una prostituta o quién está siendo apuntado o marcado con ese término? ¿Y a quién apuntará o marcará ese término? El imaginario de la prostituta es inherentemente racializado y polarizado a través del estigma social usualmente reduciendo la profesión a dos roles estereotipados: una prostituta de clase alta (blanca) en un hotel de cinco estrellas y una mujer pobre de color (a menudo trans) que trabaja en la calle. Incluso las mujeres trans (o aquellas fuera del binario de género) que trabajan dentro del marco de la Girlfriend Experience  son elegidas por su momentánea realización fetichista. La extrañeza y la otredad del deseo se convierten en una fantasía que el cliente puede experimentar indirectamente sin insertarse o dedicarse a su práctica, y por lo tanto refuerza la jerarquía en ambos polos. La fantasía es real porque la amenaza no lo es. Solo se construye y se sostiene mediante una apuesta que requeriría que uno simultáneamente cambiara su vida y ser. La experiencia citada en el correo electrónico anterior por un futuro daddy anónimo describe su búsqueda de experiencia como aquella de ser conocido; en realidad, el carácter de este autoconocimiento es el reconocimiento, por parte de una experta, de su potencia social: su clase, su género y su pertenencia racial. Ella actúa como un espejo de su pertenencia de clase —una apariencia fluida de poder y sumisión necesarios— renaturalizado a través de la respuesta aparentemente biológica de su orgasmo espontáneo y su “capacidad” para despertar a los espíritus internos de su nena.

Convertirse en una prostituta es estar desesperada; ser una sugar baby, ejecutar la Girlfriend Experience, es lujoso y suplementario. No se está muriendo de hambre, quiere que la malcrien. La continua movilidad ascendente de una acompañante exclusiva está garantizada por las fantasías determinadas por la raza, la clase y el género. Ser blanca, cisgénero***** y educada son categorías priorizadas para facilitar las fantasías aspiracionales y afirmativas que provee la Girlfriend Experience. 

Sin embargo, a pesar de su aparente privilegio de la “novia”, hay mucho que se desconoce. ¿Dónde está la novia? ¿Quién es ella? ¿Cómo es que ella se vuelve “conocida”, pero no su trabajo? ¿Qué revela el trabajo de la Girlfriend Experience sobre el trabajo naturalizado de la novia? Y, ¿puede continuar como antes el trabajo de la novia (gratis) una vez que el precio real de su trabajo es de conocimiento general?

El trabajo de la sugar baby es dirigir las fantasías del disfrute. Estas fantasías pasan a través de ella no como una esposa ni como una amante, sino como una compañera de juegos, una chica buena, una aprendiz, una hijita de papá. Categóricamente, ella está marcada por lo que no es. Por ejemplo, puede concentrar las fantasías de su daddy de dejar a su mujer, pero sin la dedicación de tener una amante o un “affair”, puesto que eso requiere demasiado apego emocional excedentario. No hay mucho en juego emocionalmente en la Girlfriend Experience, por lo tanto, el trabajo de una sugar baby es al mismo tiempo extremadamente precario y eventualmente desechable. Puesto que por definición nunca puede ser una verdadera novia o una esposa, ella es la antítesis del hogar. Ser del hogar sería vulgar o casi incestuoso, ya que no mantendría la decencia necesaria de la distancia. En cambio, es relegada a hoteles de lujo, restaurantes con clase, complejos turísticos, eventos culturales. Se la pasea por lugares donde toda la recreación está mediada a través del mercado en relación a su gran daddy y toda la exhibición de mercancías que pone a su alcance. Este es el lenguaje de la intimidad entre un sugar daddy y su sugar baby, un lenguaje negociado a través de los términos del cuidado, la pasión y los mimos para desarrollar una “relación mutuamente beneficiosa” para ambas partes involucradas. La sugar baby no es ni propiedad [del sugar daddy] ni es totalmente dueña de su propia fuerza de trabajo dentro de esta dinámica. Así, el sugar daddy, como anteriormente ocurría con el proveedor tradicional, actúa como mediador entre el capital y su sugar baby a través de la personal e informal economía sumergida. 

“Víctimas de la ilusión de que cualquiera podía «florecer» en el trabajo de las comunicaciones, las mujeres ponen sus habilidades relacionales al servicio del Capital, habilidades que adquirieron a través de miles de años de sumisión durante los cuales estuvieron interesadas en hacerse agradables. La publicidad, la moda, los clubes nocturnos, los cafés e incluso la planta baja del triste edificio del «trabajo inmaterial», cuyas barras y aceras están repletas de putas, operan como valor femenino agregado. Al volverse inevitablemente demasiado conscientes de su precio, las mujeres se han convertido en la moneda viviente con la que UNO compra hombres. Y así, el círculo de los circuitos de la economía de la prostitución se cerró sobre sí mismo sin dejar nada fuera de él excepto un lumpenproletariado de indeseables, los discapacitados o los no vendibles, los hombres y mujeres sin trabajo de la economía libidinal.

El coito —y esto es tanto más cierto cuanto mayor sea el valor agregado relacional de los sujetos involucrados— se convierte así en el espacio para construir capital-reputación, un trabajo de autopromoción, uno que, incluso si no alcanza a conseguir una oportunidad, no debería de todos modos joderte tu «juego». Así es como las prácticas sexuales «por despecho» y no seguras (que reniegan de la seguridad) deberían interpretarse: como pequeñas transgresiones que le permiten al trabajador total volver al trabajo un poco drogado de eso y lleno de un sentimiento de haber «derrochado» de una manera muy peligrosa. Ponemos nuestro capital-salud en peligro como en otros tiempos la burguesía ponía sus matrimonios en peligro al elegir una amante. 

Don Juan era un niño bueno comparado con el hipster-tecnológico de nuestros días”.

Tiqqun, The Sonogram of Potentiality [12]

¿Quién es una prostituta?

Más allá de ciertos actos eróticos sin protección, violencia de parte de las fuerzas del orden o la violación, la posición más vulnerable en la que se puede poner una trabajadora sexual es una sin intercambio monetario. Si el trabajo de la Girlfriend Experience se establece en el ámbito de la relación sugar daddy/sugar baby, su capacidad para vender su fuerza de trabajo se ha visto bloqueada en el ámbito de la economía libidinal. Es decir, a pesar de que le puede otorgar una asignación semanal o mensual, tener su alquiler y otros servicios cubiertos, todavía hay una variedad de mercancías que podría querer o necesitar, pero que generalmente solo se conceden dentro del ámbito del “consentir”. Los regalos así recibidos adquieren un poder casi talismánico en el que el valor de cambio de la sugar baby se determina al darle obsequios que se supone que son conmensurables con su valor.

En el regalo hay una extensión del acto sexual, “la exuberancia del dar” [13]. La base de este intercambio se predica sobre las estructuras de parentesco y la prohibición del incesto y proporciona el contexto socio-histórico para la intercambiabilidad de las mujeres como mercancías, midiendo su valor finalmente por “su fecundidad y su trabajo”. Claude Lévi-Strauss entendió que “las reglas que aseguran el reparto de las mujeres como objetos codiciados aseguran la repartición de las mujeres como fuerza de trabajo” aunque no fue discutido así. Históricamente, dentro del espacio del clan o unidad familiar, la sexualidad era una amenaza primordial, expropiada por la eliminación simbólica y física de la hija o hermana como un regalo que se daba a otro hombre [14]. El intercambio de mujeres se desarrolló para evitar la amenaza del incesto y, al mismo tiempo, la mercantilización de las mujeres era esencial por su habilidad de ser dadas como regalos sacrificiales, por transformarse en objetos de deseo y por expandir las relaciones sociales fuera de la unidad familiar. Aquí, el atractivo como una dimensión de la sexualidad ilícita o prohibida permite el comercio libidinal de las mujeres, a pesar de la cualidad supuestamente inalienable de la capacidad erótica en virtud de su feminización

Como fue apuntado por Marx, hay un esclavitud distintiva congruente con la “hembricidad” [femaleness], pues las “mercancías son cosas y, por lo tanto, no oponen resistencia al hombre.  Si ellas se niegan a que las tome, éste puede recurrir a la violencia o, en otras palabras, apoderarse de ellas” [15]. En esta situación al comienzo del “Capítulo 2: El proceso del intercambio” en el libro 1 de El Capital, Marx se refiere explícitamente a artículos delicados del mercado, incluidas las “femme folles de leur corps” o las “mujeres de fogosos cuerpos”, mujeres que no pueden controlar sus cuerpos y son más propensas a ser víctimas del vicio y la prostitución. La apropiación de estas mercancías está permitida con consentimiento. Sin embargo, debe haber una fragilidad inherente a la forma mercancía o vulnerabilidad para quienes pueden ser situadas más fácilmente dentro de un proceso de objetificación. Dado que la fuerza de trabajo libidinal de la prostituta es legalmente inalienable por el mercado, (aquello que no debería ser socialmente reembolsable) el valor de la prostituta adquiere una cualidad mística que se presume que es tanto intrínseca a su yo constituido —lo que la hace “susceptible” al sector sumergido y a la “diferencia sexual” producida por las relaciones sociales capitalistas— y facilitada por las condiciones exteriores. Si la “prostituibilidad” de cualquier mujer fuera una característica que se considerara innata al género, la fantasía que rodea su enigmática intimidad se desmoronaría. Más bien debe creerse que la intimidad que produce la prostituta en un encuentro sexual es totalmente única y posible gracias a la química genuina que ambas partes crean y comparten simultáneamente.

El espectáculo de la experiencia es lo que transforma la sustancia del dinero en la sustancia de la vida de fantasía, lo que conlleva la reificación tanto del consumidor de fantasía como de la proveedora de su experiencia. En tanto relaciones fetichistas, las relaciones mercantiles deben aparecer como relaciones personales a través de un proceso que remueve el mercado de mercancías en la esfera privada de la economía libidinal. Esto se logra a través de la negación de la presencia del dinero que conduce a una negación de la conmensurabilidad general y la sustitución infinita. El dinero debe pasar silenciosamente a través de la relación de intercambio, ya que el incesto y el poder del dinero siguen siendo tabú, una distinción ejercida por lo que puede o no revelarse en el ámbito cotidiano de las relaciones sociales y la vulgaridad de demasiada realidad.

En El libro de los pasajes Walter Benjamin plantea la cuestión del límite del erotismo: “¿hasta dónde puede llegar hoy una mujer decente sin echarse a perder?” En este texto expansivo, Benjamin se centra en la vida parisina del siglo XIX y en la actividad social que se desarrolla en las “arcadas”, una forma temprana de pasajes cubiertos, alineados con tiendas y atravesados ​​por el tráfico peatonal que existía en los límites entre el espacio privado y el público. Como una nueva esfera social, los juegos del decoro se jugaban dentro y fuera de esta economía libidinal, junto al límite de las propias arcadas. Las mujeres que existían en este espacio liminal a menudo bordeaban la línea de la respetabilidad, realizando escenas de aparición donde las prostitutas jugaban el papel de “chicas de buena familia”, asistían a salones de baile enmascaradas y exhibían embarazos ilícitos. Ellas realizaban públicamente su abyección, jugando y explotando los límites del tabú. ¿Qué diferencia a una puta de una mujer respetable? Si una mujer se convierte en prostituta es porque entiende que lo que su pareja le da no es suficiente ni está garantizado. En esto sabemos que “Ciertamente, el amor de la prostituta se compra. Pero no la vergüenza de su cliente”, un placer barato que se compra como un nuevo artilugio del mercado negro es una negación que él pagará sin cesar para mantener su colección privada en secreto ante todo a través de la (des)aparición del pago [16].  El dinero, especialmente cuando se abstrae en la forma de crédito y depósitos bancarios, está protegido de revelar la realidad de lo que implica: el trabajo, la propiedad y el Estado.

¿Qué se le compra a la prostituta? Los debates al respecto de esta pregunta son de larga data en la historia de los derechos de las trabajadoras sexuales. Las figuras de los movimientos anti-tráfico y anti-pornografía vinculan directamente el acto de una mujer que vende sexo, o el acto de hacer pronografía, al comercio habilitante. Argumentan que esto lleva a una devaluación general de las mujeres que convierte en “prostituible”  virtualmente a cualquiera . Esta lógica no solo elimina la agencia y la construcción de un yo fuera del trabajo, sino que además ignora el hecho de que las mujeres existen primero como sujetos dentro de sistemas sociales y plantea, en cambio, al sistema como sujeto [17]. En esta construcción arbitraria, todas las mujeres pueden potencialmente ser utilizadas por la amenaza de la prostitución. Un análisis más cuidadoso y complejo, como el de Gayle Rubin en “El tráfico de mujeres”, sitúa el comercio de mujeres por su intercambiabilidad en los sistemas sociales, pero su intercambiabilidad como tal no las convierte en mujeres, solo nos conduce al lugar de esta opresión [18]. Sin el contexto de las relaciones materiales esta opresión no podría existir.

Al abordar la pregunta de Marx de qué hace al esclavo, Rubin describe una situación comparable que muestra las condiciones bajo las cuales la mujer puede ser domesticada. “Una mujer es una mujer. Sólo se convierte en doméstica, esposa, mercancía, conejita playboy, prostituta o dictáfono humano en determinadas relaciones. Fuera de estas relaciones, ella no es la ayudante del hombre igual que el oro en sí no es dinero” [19]. Para volver a la figura de la prostituta, si existe una pérdida de libertad esta comienza con el contrato financiero. Cada apuesta monetaria que se presenta como un mediador reificante —hipotéticamente puesto aquí por Gorz como “tú pagas y harás de mí lo que quieras”— es una afirmación falsa. Lo que realmente se promete es “tú pagas y podrás hacer más de lo que podrías si no estuvieras pagando” [20]. Aquí se presenta la fantasía de un sujeto puro sin sujeto con la promesa de una transacción que imagina que el consentimiento y el pago son uno y el mismo gesto. ¿Cuál es el límite de este gesto? ¿Cuál es la relación entre soberanía y agencia? ¿Es la soberanía un acto que puede ser elegido o cometido a elección?

El servicio de la prostituta es presentarse hábilmente a sí misma  como un sujeto soberano liminal. Para André Gorz esto significa que “Debe ser una libertad-sujeto, pero una libertad que no puede hacer otra cosa que convertirse en el diligente instrumento de la voluntad del otro” [21]. Ser una prostituta es ser a la vez sujeto y soberano cuando esta soberanía se trata de convertirse a uno mismo en esclavo. Esto es comparable con el requisito de la libertad doble: libre para trabajar o libre para no trabajar, libre para ser una puta o libre para no ser una puta. ¿Sobre qué se construye esta promesa de libertad? Si la libertad es solo para cumplir el deseo de otro, ¿de qué depende la posición del sujeto? ¿Qué relación se asume con el poder? El intercambio prostitucional requiere que ella haga valer su soberanía para involucrarse en una transacción, pero que rápidamente se abandone a sí misma como un sujeto soberano para que pueda ocurrir el intercambio íntimo. “Se erige, pues, en libre sujeto que va a jugar a ser esclava” [22]. Esto explica por qué cada vez que una prostituta es comprada, su cuerpo todavía permanece con ella después, ya que sus gestos solo simulan un acto de no-soberanía. Su libertad es esclavitud momentánea.

La “experiencia” demuestra la noción foucaultiana de que el “poder sólo se ejerce sobre sujetos libres, y sólo en tanto ellos sean libres”, y que “no existe la confrontación cara a cara entre el poder y la libertad, los cuales se excluyen mutuamente (la libertad desaparece en todo lugar donde es ejercido el poder)”. Por lo tanto, la libertad de ser libre se determina por la presencia de posibilidades disponibles, configuraciones, opciones o comportamientos concebibles por el sujeto. Esta libertad es contingente; es un doble vínculo a través del cual los sujetos se implican y no puede autorrealizarse como un acto de llamar al reconocimiento de uno mismo. La novia no puede ser libre diciendo que es libre. La libertad de ser libre solo es concebible cuando el ejercicio de poder se extiende sobre un sujeto con un abanico de posibilidades, no un enfrentamiento totalizador que condensa las formas de libertad y poder en figuras discretas inmutables. La exclusividad mutua de los dos términos vuelve su confrontación imposible, pues la “libertad desaparece en todo lugar donde es ejercido el poder”, creando una interacción unificadora dinámica basada en el rechazo. Un rechazo a separar la libertad y el poder destaca un antagonismo en el núcleo de la relación de poder debido a la “resistencia de la voluntad y la intransigencia de la libertad” [23]. Esta es la libertad para ser complacido. 

En el momento contemporáneo, la producción de una “experiencia” —especialmente la que incluye formas de apego libidinal íntimo e intimidad— requiere que la igualdad de clase y género sean universales o al menos se presume como integral a la experiencia de las relaciones en su singularidad. Sin embargo, puesto que la experiencia como algo mercantilizado requiere la escenificación de relaciones de poder entre el productor y el consumidor —donde el consumidor utiliza el poder (en la forma de ingreso) para comprometer el cuerpo productivo de otro— esto significa que la singularidad debe suspenderse.

¿Me mojaré?

La experiencia mercantilizada requiere una reescenificación imaginaria de la libertad mutua en lugar del poder asimétrico y la monotonía. A través de borrar todas las huellas del fraude, la sugar baby debe enterrar el dinero como el cadáver del tiempo para mantener una atmósfera en la que la propia noción del tiempo se pierde en la exhibición de presencia inmediata y afecto espontáneo. La creación de la libertad del otro requiere que la proveedora de la experiencia vivida renuncie a la suya y que por lo tanto defina su día de trabajo en relación al tiempo libre del consumidor, que constantemente está “perdiendo la noción del tiempo”. El tiempo de trabajo concreto, como el tiempo real ininterrumpido de una experiencia, se convierte en la principal preocupación para la proveedora de experiencias. Con el tiempo mide el límite absoluto de la explotación contractual en su esfuerzo por cuantificar el valor de su trabajo y mantener su precio adecuado. Cualquier segundo más allá de los perímetros establecidos en el contrato ella los considera trabajo robado. Su tiempo libre se convierte tanto más en una propiedad que posee y protege, precisamente porque ha tenido la experiencia de su tiempo de trabajo como la libertad de su daddy. Esta es la servidumbre que él compró en virtud de la pobreza relativa de la sugar baby.

En este sentido, el aspecto mercantilizado de la experiencia no es simplemente removido dos veces. De hecho, lo que busca replicar no es una forma de experiencia, sino más bien lo que sería tener una experiencia auténtica, no simplemente una que parece ser mutuamente beneficiosa, sino una experiencia real más allá de la mediación directa (o indirecta) del mercado y el Estado. La simulación de tal escenario imaginario es, en resumen, la “experiencia” de la experiencia misma. Por lo tanto, la autenticidad de un acto sexual mercantilizado en la Girlfriend Experience no se basa tanto en la relación sexual, sino que el acto sexual es el conducto para el reconocimiento.

Para rastrear esta preocupación históricamente es crucial considerar cómo se desarrolló la demanda de estas formas de atención en la sociedad a través de una transformación del poder pastoral de la iglesia que se rearticula como condición para la creación de sujetos por parte del Estado. Como lo expresa Foucault, “podemos ver al Estado como a una moderna matriz de individualización, o una nueva forma de poder pastoral”. Al inicio de esta época en el siglo XVIII, los pensadores humanistas lamentaban el hecho de que las demandas de la sociedad eran a expensas de la verdadera naturaleza humana. La libertad de ser libre se manifiesta aquí nuevamente bajo el supuesto de que una sociedad libre podría insistir en la protección de todas las libertades sin existir como una función del poder. Esta forma de libertad no estaría separada de la vida o de la producción de la verdad, sino que estaría vinculada con “la verdad del individuo en sí mismo” [24]. Para que la experiencia ocurra en sus propios términos se requiere la abolición de la igualdad como tal, es decir, la emancipación de la libertad jurídica y económica. 

La mercancía de la experiencia en su manifestación concreta es la puesta en escena de una dramaturgia liberal de reciprocidad y libertad mutua, interpretada y experimentada en concierto entre individuos iguales, a pesar de sus numerosas diferencias. Precisamente debido a que se trata de un drama, una interpretación de la igualdad liberal y no de la igualdad en sí misma, la experiencia genuina está eclipsada, no solo porque se compra, sino de hecho porque lo que busca replicar, esto es la experiencia auténtica, también está enredada en la libertad y sus contradicciones. Hablando en términos más abstractos, la “Experiencia” es una contradicción viva definida por la producción y el consumo que ocurren simultáneamente en el espacio del tiempo, concretamente delimitada por las estructuras del tiempo de trabajo, pero que es afectivamente ilimitada. El trabajo como juego —como una experiencia no mediada más allá del espacio de trabajo— se convierte en la negación del ocio, en el propio contenido y estándar de la autenticidad afectiva del ocio. Mientras más auténtica sea la experiencia, mayor es la cualidad de la atención de la sugar baby y, a menudo, su preparación. Aquí, la experiencia auténtica se alinea con una relación innata con la verdad del yo, aunque una vez que opera dentro de las esferas del trabajo emocional comercial, el trabajo debe separarse de la subjetividad propia, pues no es una tarea natural. El trabajo que aparece en la forma del disfrute puro sugiere que el pago es suplementario o indiferente al deseo, cuando de hecho es su causa. 

La naturaleza de la autenticidad es así altamente contradictoria, pues la trabajadora sexual debe realizar actos eróticos de comercio sexual que ella de otro modo no haría en esta situación particular sin compensación. A menos que uno pueda desarrollar una atracción física hacia la forma dinero, el trabajo emocional necesita producir respuestas psicológicas en el cuerpo de una prostituta. En un relato que compara el trabajo de la niñera, la prostitución y la enfermería desde la perspectiva de la trabajadora sexual, Robin Hustle, señala que antes de aprender su primer truco, “no tenía idea de si y cómo iba a mojarme” [25]. Esas preocupaciones pasaron rápidamente cuando descubrió que le gustaba el sexo y conocer a gente nueva, y que agregar un par de tacones a la mezcla a menudo era suficiente para crear un efecto casi pavloviano que provocaba una respuesta de deseo.

Para el cliente, los significantes corporales del placer poseen una cierta moneda de autenticidad y cuando se combinan con afectaciones performativas apoyan una fantasía de reciprocidad. Después de una sesión en un club de sexo comercial un cliente describe su conexión interpersonal como auténtica y muy satisfactoria. “Empezamos con el manoseo usual… Podía sentir que ella estaba empapada, una indicación de que sus gemidos no eran falsos… El aspecto más inusual de este encuentro es que Luscious no me pidió dinero por adelantado, que es lo corriente en un lugar como este. Le dejé $60 de propina” [26]. Debido a la satisfacción palpable de Luscious y a su retraso en pedir su dinero, ella suspendió momentáneamente la artificialidad del encuentro para involucrarse más allá del intercambio monetario. Aunque se afirma que está entre los márgenes transaccionales del comercio sexual, la intimidad relacional usualmente se mantiene en su lugar precisamente testeando si los límites de su elasticidad podrían ir más allá de la compra. Este proceso de negación requiere un cierto nivel de elasticidad para ser creíble en ambos extremos. Los clientes atractivos o deseables dependen de la promesa del salario para dejar el ámbito de la responsabilidad emocional dentro de los límites de la economía libidinal. Los clientes menos atractivos o deseables saben que dependen del pago para recibir la afección o atención que tan desesperadamente desean. Sin embargo, puesto que dependen de esto, la totalidad del contrato depende de su negación. Ofrecerle a un cliente una muestra gratis puede hacer que no vuelva más, pero la demanda actual de proveedores íntimos de la Girlfriend Experience ejemplifica una necesidad de trabajos de disfrute plenamente encarnados.

Zoë, una escort de Nueva York, describe las dificultades de su profesión y el agotamiento que siente por el trabajo emocional en vez de fatiga física. “Si empiezo a cansarme, no es por tener mucho sexo. Es por tener que empatizar con mucha gente que es infeliz, lo suficientemente infeliz como para gastarse $600 en vaselina para tener sexo con alguien que no conocen y que probablemente será en algún nivel insatisfactorio… Solo me gustaría que dejaran de necesitar que los hicieran sentir profundamente deseados. Es difícil hacer sentir profundamente deseado a un viejo de 55 que piensas que es asqueroso”. ¿Qué vuelve tan insoportable el tener que hacer sentir profundamente deseado a alguien que encuentras repulsivo? ¿Más insoportable que el sexo mismo? Para continuar aquí con las reflexiones de Agamben, vemos en otros términos que el “deseo (ligado a la fantasía, insaciable e inconmensurable) y la necesidad (ligada a la realidad corpórea, mensurable y teóricamente posible de satisfacer), [desgarra el Eros] de modo que éstos nunca pueden coincidir en el mismo sujeto… porque la necesidad [para ella] no es más que la forma inversa del propio deseo y la cifra de su esencial extrañeza” [27]. Esta relación entre el deseo y la necesidad, en un mundo en que la experiencia ya está excluida, es “la expropiación de la fantasía del ámbito de la experiencia” transformada en la “sombra del deseo”. Lo que queda, o lo que se manifiesta en su lugar, es el “verdadero origen del deseo”: el fantasma, “como mediador entre el hombre y el objeto —la condición de la apropiabilidad del objeto del deseo y por lo tanto, en última instancia, de su satisfacción” [28]. En el caso de la proveedora, el objeto es, por supuesto, el dinero, pero para el cliente el objeto del deseo es mucho más ambiguo; no es la proveedora, ni la relación sexual, sino la experiencia de la experiencia.

Extrapolando a partir de Agamben, la experiencia de la experiencia consiste en la unificación del individuo con su fantasía o ideal fantásmico a través del trabajo de una proveedora particular bajo condiciones de necesidad disfrazadas de amor. El “amor tiene por objeto no directamente la cosa sensible, sino el fantasma (…). Aunque dada la naturaleza mediadora de la fantasía, esto significa que el fantasma es también el sujeto y no simplemente el objeto (…). En tanto que el amor tiene en efecto su único lugar en la fantasía, el deseo ya no encuentra frente a sí al objeto en su corporeidad”. El fantasma es el sitio de la unión completa entre el individuo y su imaginación que puede transformar el amor en una experiencia [29]. La proveedora de experiencia, por lo tanto, es un conducto de esta unificación, puntuada por lo corporal, es decir, “el acto sexual”, que encuentra como su medio la fantasía de una imaginación de consumidor sexualmente activa. El contenido del deseo es la autoafirmación (a menudo de pertenencia de clase, estatus racial, social o de educación) de un cliente y su chica ideal fantasmagórica, garantizada a través del reconocimiento del deseo de su “novia” y la lujuria única que él puede inspirar. Su reconocimiento, sin embargo, siempre es ya un momento convocado dentro de la estructura de su propia fantasía, cuya autenticidad o autoridad se basa en la credibilidad financiera. Debe poner su billetera donde está su deseo. El patrocinio continuado de su “novia” significa precisamente transacciones continuas con una proveedora verificada que puede otorgarle el reconocimiento de su extraordinario poder justamente porque ella tiene “experiencia” en su arte, puede compararlo con el de otros clientes y, por lo tanto, solo es suya de forma inauténtica.   

Independiente de la experiencia, la tarea de producir y reproducir el deseo en o por otro es más difícil de separar de otras formas de reconocimiento personal, sexuales o no, lo que complica la noción de autenticidad. Como señala Lauren Berlant, esta no es una tarea pequeña “pues actuar y ser reconocida como emocionalmente auténtica es tan importante para el sentido moderno de ser alguien como entender la propia identidad sexual” [30]. El apego de la gente a la legitimidad del sentimiento en los trabajos de cuidados es central en el trabajo de Arlie Hochschild, pues en su libro seminal The managed heart (1983) usa la “función señal” de Freud como un modelo para entender el reconocimiento emocional en las economías de servicios. Expandiendo la función de señal más allá de su definición original para incluir las esperanzas, los miedos y las expectativas que tenemos, que reciben y procesan las ocurrencias de la vida, la función señal se perjudica cuando esta gestión típicamente privada de sentimientos es repentinamente relegada a la esfera asalariada. A través de este proceso, ella define el término trabajo emocional como la “gestión de sentimientos para crear una reacción corporal y facial públicamente observable (…) este tipo de trabajo necesita de una coordinación de la mente y el sentimiento y algunas veces se basa en una fuente del ser que honramos como profunda e integral de nuestra individualidad” [31].

En cuanto Hochschild se sentó en un Centro de capacitación de auxiliares de vuelo de Delta Airlines en 1980 con 122 reclutadas comenzó a rastrear el creciente discurso de la profesionalización de lo personal en las industrias de servicios. La sonrisa se considera un valor de la auxiliar de vuelo y es un reflejo y extensión de la disposición de la compañía que reafirma la estabilidad del producto vendido: “su confianza de que los aviones no se estrellarán, su confirmación de que las salidas y las llegadas serán a tiempo, su bienvenida y su invitación a volver”. Haciendo eco de las quejas de la escort de Nueva York, Zoë, los principales factores estresantes de este trabajo son el agotamiento producido por la euforia excesiva y luego la capacidad de interrumpirla después de irse a casa. “Algunas veces termino un viaje largo en un estado de agotamiento extremo, pero me encuentro con que no me puedo relajar. Me río nerviosamente, converso mucho, llamo amigos. Es como si no me pudiera liberar de una euforia artificialmente creada que me mantiene en pie durante el viaje. Espero poder cortar con eso de mejor manera en la medida en que me vuelva mejor en este trabajo” [32]. Para esta auxiliar de vuelo principiante, volverse mejor en el trabajo significa tener un mejor control de sus sentimientos a través de apropiarse de este nuevo yo, externalizado y mercantilizado a través de un proceso de trabajo emocional. Los empleados en la industria de los servicios usualmente hablan de esta experiencia destacando como sus sonrisas están “en ellos” en vez de ser “de ellos” e incluso una vez “fuera del horario” sus caras pueden estar congeladas en una actuación mecanizada de amabilidad. 

Volviendo al trabajo de la prostituta, lo que distingue su proceso de negación de otras economías de servicios es la carga del disfrute total. Un barista o una auxiliar de vuelos pueden deberle al cliente su atención y cuidado, pero se asume que es una amabilidad superficial realizada como uno de los muchos requisitos necesarios para su salario total. Las escorts que se especializan u ofrecen la Girlfriend Experience usualmente lidian con las demandas de intimidad placentera que se esperan en una actuación de autenticidad determinada por el género. Tómese, por ejemplo, este mensaje de texto enviado por un cliente a Cathryn, proveedora en el área de Chicago, “Quiero que disfrutes esto, mientras más lo disfrutes, más lo disfrutaré yo… No quiero que sea como con otros clientes, quiero que sea especial. Quiero que lo disfrutes más y que seas más emocional conmigo que con otros ‘clientes’”. En esta instancia de negación el cliente organiza la reproducción de una fantasía no basada distintivamente en la intimidad, sino en la singularidad. Singular, en el sentido de que el trabajo que la novia produce se naturaliza y fetichiza porque produce las mismas relaciones sociales opresivas que igualan su trabajo voluntario con la autenticidad, como un trabajo del amor que solo puede realizarse para un hombre en un periodo de tiempo dado. Se deduce que esta forma de “amor no es una oposición entre un sujeto deseante y un objeto del deseo, sino que posee en el fantasma, por así decir, su sujeto-objeto (…) sus rasgos (en oposición a un fol amour que sólo puede consumir su objeto sin llegar nunca a unirse verdaderamente a él, sin hacer nunca esa experiencia) como un “amor cumplido” (fin’amors), cuyo goce no tiene fin” [33]. En el intercambio negado el cliente hace un pacto con el fantasma del deseo y es el dinero lo que revela la realidad de lo que implica. Debe ser escondido discretamente para que la experiencia de inmediatez y de absoluta singularidad pueda emerger a través de la producción del deseo y de su disfrute, como la novia absurda que no solo tiene su pastel individualizado, sino que realmente se lo come, a pesar del hecho obvio de que este novio único es para ella una de muchas billeteras

Este trabajo de los cuidados también puede expresarse auto-reflexivamente, como en un viaje de negocios al área de la bahía de San Francisco donde un cliente describe su excitante escrutinio de los clubes locales y cómo desgraciadamente la mayoría de su tiempo estuvo dedicado a los negocios y no al placer. “Luego de dos largos bailes me ofreció una felación por otros $120. Le dije que eso sería celestial y le pasé el dinero… Fue una experiencia absolutamente fabulosa. Me gasté $30 en la cuenta de los refrescos, $10 en propinas, $240 con Jenny y $300 con otra chica llamada Tanya lo que suma un total de $580. Nada mal para apenas dos horas de diversión ilícita. Estoy acostumbrado a pagar eso por un trabajo a domicilio decente, así que esto fue un buen cambio de ritmo” [34]. Para el cliente varón, en las nuevas arenas estilizadas del disfrute sexual popularizadas a lo largo y ancho del país, la prostitución es un acto de autocuidado, una tarde relajante en el spa donde puede disfrutar y rejuvenecer sus recursos libidinales a través de la indulgencia. Sin embargo, para la proveedora a la que le está comprando un servicio, él es uno más en la línea de varios clientes para los que necesitará desnudarse, sonreír, bromear, chupar, follar y, en general, actuar su deseabilidad durante todo su turno de trabajo. 

Bartleby no juega el juego; vive su vida como un empleado y se comporta en su puesto como si tranquilamente pudiera vivir allí. Seguramente no tiene hogar, ni familia, ni amor, ni esposa. ¿Y qué? En este universo desolado, poblado de tareas a realizar y relaciones abstractas entre trabajadores-hombres, Bartleby prefiere no hacerlo. Bartleby realiza un tipo de protesta totalmente nueva. (…) “De hecho”, afirma su jefe resignado, “principalmente, fue su maravillosa bondad la que no solo me desarmó, sino que me dejó sin personal, por así decirlo”. Bartleby es sorprendido pasando el rato en la oficina de Wall Street un domingo, medio desnudo, pero nadie es lo suficientemente duro como para echarlo: todo el mundo asume que él debe pertenecer a ese lugar. “Pues considero que uno está sin personal”, continúa su jefe, “cuando tranquilamente le permite a su empleado contratado que le dicte una orden y lo aleje de su propio local”. La autoridad del amo está aquí depuesta por un acto genérico de rechazo: no es la violencia, solo la pálida soledad de alguien que “prefiere no hacerlo”, que atormenta la conciencia del jefe de la oficina, al igual que ha atormentado la vida de tantos maridos rechazados con la misma firme determinación injustificada de una preferencia negativa, más dura que cualquier negativa inapelable. La mala conciencia de la virilidad clásica, personificada por el Jefe de Cancillería, el superior de Bartleby, evita que se libere de este espectro mudo que ya no exige nada, rechaza todo y por su simple y obstinada presencia alude a una clase de mundo diferente, donde las oficinas ya no serían lugares donde los contadores se someten a su agotadora esclavitud, y donde los patrones recibirían órdenes. “Rara vez pierdo la paciencia; mucho más rara vez me permito la peligrosa indignación ante males y atrocidades”, aclara su jefe. Este caballero es una persona tranquila y balanceada y, sin embargo, pierde toda la agencia cuando enfrenta a Bartleby. Su apacible falta de sumisión lo seduce; su huelga lo contamina; quiere dejar ir y abandonar una autoridad que de pronto se le hace pesada; y en el apogeo de su inexplicable simpatía por este empleado bueno para nada decide optar por la menos lógica de las soluciones: la huelga de Bartleby, que en este sentido es similar a la de las feministas, es una huelga humana, una huelga de gestos, diálogo, un escepticismo radical frente a todas las formas de opresión que se dan por sentado, incluyendo el chantaje emocional o las convenciones sociales más incuestionables, como la necesidad de levantarse e ir a trabajar y luego volver a la casa de la oficina una vez que cierra. Pero esta es una huelga que no se extiende, que no contamina a otros trabajadores con su síndrome de preferencia negativa, porque Bartleby no explica nada (esa es su gran fortaleza) y no tiene legitimidad; ya no amenaza con no hacer nada más, por lo que todavía mantiene su relación contractual con el jefe, simplemente le recuerda que él no tiene más deber que el que desea y que su preferencia es la abolición del trabajo. “Pero así es a menudo”, continúa el jefe de la oficina, “que la fricción constante de las mentes no liberales desgasta por fin las mejores resoluciones de las más generosas”. Una huelga humana sin una comunización de principios termina como una tragedia privada y se considera un problema personal, una enfermedad mental. Sus colegas, que circulan en la oficina durante el día, exigen obediencia de Bartleby, ese empleado que camina con las manos en los bolsillos; le dan órdenes y, ante su negativa categórica a llevarlas a cabo y su absoluta impunidad, están perplejos y sienten que, de alguna manera, se han convertido en víctimas de algún tipo de injusticia indecible.

Conclusión

Esta reclamación de la fuerza de trabajo alinea su lucha con la de la huelga humana, ya que entiende que el llamado al disfrute no es solo una sutileza superficial, sino una amenaza de subyugación disfrazada de reconocimiento porque ventrilocuiza su placer. La huelga humana, a diferencia de la huelga basada en el género, facilita la singularidad-cualquiera de quienes se desenvuelven en el ámbito del trabajo afectivo de novia al reincorporar a quienes son excluidos o borrados por falta de movilidad o capacidad para satisfacer fantasías determinadas por la raza, la clase o el género. La huelga humana es una reconstrucción conceptualizada que desnaturaliza el acto de la novia o de todos aquellos que hacen de novia independiente de su género o determinación biológica. Por lo tanto, la huelga humana busca continuar el acto de revelar el valor escondido del ennoviarse al hacer visible los múltiples trabajos producidos dentro del espacio del intercambio íntimo se base o no en la remuneración. El acto de ennoviarse está determinado por el género debido a la naturaleza de las demandas exclusivistas a las que busca atender, haciendo de la huelga humana una lucha colectivizadora hacia la abolición del género al realinearse en contra de las normatividades que exige. Las tácticas de la huelga humana no son inherentes a la propia huelga humana, esta no es un llamado a la acción, un acto prefabricado listo para ser puesto en cualquier situación de disidencia. La huelga humana se reconoce según las necesidades cultivadas a través de su acción; tiende a lo abyecto. Siempre es específica y no totalizante en las infinitas posibilidades producidas. El estoicismo, la demasiada intensidad, la falta de afecto, el rechazo al trabajo, el rechazo de un “anhelo conservador del pasado”, pueden ser asumidos dentro del reino del poder que depende de esta libertad. Lo abyecto no es una posición moral de apego romántico a las formas tradicionales de emparejamiento o reconocimiento. El abyecto tampoco es positividad nihilista, una cancelación autorreflexiva, sacrificada y abatida porque es específicamente formulada en relación con la reproducción del sujeto. El abyecto opera como una esfera de poder bajo la cual se revelan potencialidades en las diferentes formas de agencia.

En vez de usar el placer de su cuerpo como una forma de conocimiento autorrevelador fingiendo lo no-reproducible —o no fingiéndolo gratis— rehabilita el concepto del deseo: lo que se incluye en su sacrificio. ¿Qué pasa si la puta se rebela contra sus poderes de curación para resistir una violencia de la que no puede sustraerse? Para Claire Fontaine la lucha es contra una parte de nosotros mismos, “pues siempre somos parcialmente cómplices de las cosas que nos oprimen” [35]. Un movimiento contra nosotros mismos en los cuerpos que tenemos, pero que no mantenemos totalmente en rechazo íntimo de la colusión. “La fuerza de lucha, como la fuerza del amor, debe ser protegida y regenerada” y para ello se requerirá de una reestructuración total de todos los compromisos libidinales [36].  Eliminar la forma corrupta del amor llamada romanticismo que refuerza el sistema sexual de clases a través del erotismo, la privatización y la belleza. Como expresó Shulamith Firestone, el “[r]omanticismo se desarrolla en proporción a la liberación de las mujeres de su biología” [37]. Cuando el amor y el cuidado se explotan bajo condiciones de supresión, continuar trabajando es continuar luchando, con la agencia desafiada por los perímetros preexistentes. Ser pro-sexo sería cruel, ser pro-abyecto es ser consciente, recuperar. Se formula específicamente en relación con la reproducción del sujeto, se reproduce socialmente de acuerdo con lo que ella puede reivindicar para sí misma. Reivindicar el pago por lo que se supone que es gratuito es afirmar que su cuerpo solo pertenece sí misma o a nadie más que a ella misma y al cuerpo de lucha [ii].

Agradecimientos

[i] Gracias a Jackson Smith por su invaluable ayuda y por su artículo no publicado “Hazardous Homes and Dirty Money: Civil Forfeiture and the Politics of Dispossession in Philadelphia” [Hogares peligrosos y dinero sucio: Decomiso civil y la política de la desposesión en Filadelfia], 2015.   

[ii] Quisiéramos agradecer a Madeline Lane McKinley por su ayuda publicando este trabajo bajo presión y por ser tan buena como nuestra excelente editora principal. También quisiéramos agradecer a Johanna Isaacson y Kenan Sharpe por su excelente trabajo editorial y apoyo. Gracias a Justin Hogg por trabajar hasta tarde para finalizar este artículo. También nos gustaría agradecer a Beth Peller por incitarnos a publicar rápidamente y entender que nuestro  importante y difícil trabajo merece crédito y reconocimiento.

Notas

[1] llouz, Eva. Consuming the romantic utopia: love and the cultural contradictions of capitalism. Berkeley: University of California Press, 1997. p. 240

[2] Sophie Lewis, “On the Future Genealogy of the Date”. Blind Field Journal, 3 May 2016.

[3] Illouz, p. 66

[4] Agamben, Giorgio. “Ensayo sobre la destrucción de la experiencia”, Infancia e historia: Ensayo sobre la destrucción de la experiencia, Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora, 2007, p. 7.

[5] Endnotes. “La lógica del género”. Endnotes Collective Dossier: La lógica del género y la comunización, Chile/México: 2&3DORM, 2018. Disponible aquí.

[6] Lazzarato, M. La fábrica del hombre endeudado, Buenos Aires: Amorrortu, 2013, p. 33, 43.

[7] Benjamin, Walter. Libro de los pasajes. Madrid: Ediciones Akal, 2004, p. 511.

[8 ] Lukács, George. Historia y conciencia de clase. La Habana: Instituto del Libro, 1970, p. 110-1.

[9] Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Santiago de Chile: Ediciones Naufragio, 1995, p. 10.

[10] Bernstein, Elizabeth. Temporarily Yours: Intimacy, Authenticity, and the Commerce of Sex. Chicago: The University of Chicago Press, 2007, p. 7.

[11] Bernstein, Elizabeth. “Chapter 9: Buying and Selling the Girlfriend Experience: The Social and Subjective Contours of Market Intimacy,” Love and Globalization: Transformations of Intimacy in the Contemporary World. Nashville: Vanderbilt University Press, 2007, p. 194.

[12] Tiqqun. “Sonogram of a Potential”, Tiqqun #2, 2001. Disponible aquí. 

[13] Bataille, Georges. The Accursed Share, Volumes II & III. New York: Zone Books, 1993, p. 56.

[14] Ibid., p.  49.

[15] Marx, Karl. El Capital, libro 1, vol. 1, México: Siglo XXI Editores, 2008, p. 104.

[16] Benjamin, p. 492, 493.

[17] Gorz, André. La metamorfosis del trabajo. Madrid: Editorial Sistema, 1991. p. 179.

[18] Rubin, Gayle. El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo. Revista Nueva Antropología, año/vol. VIII, nº 030, p. 111.

[19] Ibid., p. 96.

[20] Gorz, p. 192.

[21] Ibid., p. 191.

[22] Ibid., p. 192.

[23] Foucault, Michel. “El sujeto y el poder”, Edición electrónica de www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS, p. 14. Disponible aquí.

[24] Ibid., p. 7-8.

[25] Hustle, Robin. “What Prostitutes, Nurses and Nannies Have in Common”. Disponible aquí.

[26] Bernstein, Elizabeth. “Desire, Demand, and the Commerce of Sex”. Regulating sex: the politics of intimacy and identity. Ed. Elizabeth Bernstein and Laurie Schaffner. New York: Routledge, 2005, p. 114.

[27] Agamben, p. 127.

[28] Ibid., p. 27-28.

[29] Ibid., p. 29.

[30] Berlant, Lauren. “Starved”. After sex?: on writing since queer theory. Ed. Janet E. Halley and Andrew Parker. Durham [N.C.]: Duke University Press, 2011, p. 82.

[31] Hochschild, Arlie Russell. The Managed Heart: Commercialization of Human Feeling. Berkeley: University of California Press, 1983, p. 7.

[32] Ibid., p. 4.

[33] Agamben, p. 28-29.

[34] Bernstein. “Desire, Demand, and the Commerce of Sex”,  p. 112

[35] Tiqqun. “Sonogram of a Potential”. 

[36] Fontaine, Claire. Human strike has already begun & other writings, 2013, p. 45.

[37] Ibid., p. 48.

[38] Firestone, Shulamith. The Dialectic of Sex. Farrar, Straus and Giroux, 2003, p. 131.

Notas de la traductora

* El concepto no tiene una traducción directa al español. Se trata de  la actividad social de tener “citas románticas” que puede ocurrir simultáneamente con muchos individuos a la vez. 

** El término usado en inglés es girlfriending para el cual encontramos la expresión ennoviarse, en el sentido de la actividad de tener parejas/amantes, como la que más se acerca al término. Ahora bien, esta relación en ningún caso implica matrimonio, como la expresión noviazgo puede sugerir.   

*** La categoría de abyecto refiere a aquellas actividades que reproducen la fuerza de trabajo, pero que tiene que permanecer fuera de las relaciones mercantiles ya sea porque no vale la pena mercantilizarlas o porque no es posible hacerlo.

**** Acompañante remunerado. La “compañía” puede o no incluir sexo.  

***** El término cisgénero describe a aquellos individuos que se identifican con el mismo género que les fue asignado al nacer.

****** El término refiere al conjunto de actividades tanto de la economía informal como ilegal.