MC0059477

 

The people will survive     /     La gente sobrevivirá
In their environment     /     En su medio ambiente
The dirt, scarcity, and the     /     La mugre, la escasez, y el
Emptiness of our south     /     Vacío de nuestro sur
The injustice of our greed     /     La injusticia de nuestra avaricia
The practice we inherit     /     La práctica que heredamos

The dirt, scarcity and the     /     La mugre, la escasez y el
Emptiness of our south     /     Vacío de nuestro sur
There on the beach     / Ahí en la playa
I could see it in her eyes     /     Lo pude ver en sus ojos
I only had a Corona     /     Sólo tenía una Escudo
Five cent deposit     /     Una botella vacía para canjear

 

Corona, Minutemen

 

 

Democracia y Capitalismo: los Panama Papers

En el artículo que sigue Slavoj Zizek se detiene en un momento específico: la contradicción entre democracia y capitalismo. El análisis crítico que nos propone encuentra, con mucha razón, un punto muerto en esto que para algunos no es realmente una contradicción; la relación entre la “organización política” de la democracia y el “modelo económico” del capitalismo, y vice versa.

Existen razones de peso para creer que cuando Guy Sorman afirma que “democracia y capitalismo necesariamente van juntos” está en lo correcto, aunque en su caso sea por las razones equivocadas.

Aún así, no necesitamos repasar esas afirmaciones inmediatamente. Por lo pronto, y siguiendo la misma invitación que hace Zizek, pareciera necesario cuestionar aquello que reluce a lo lejos en un altar como una ofrenda divina a la humanidad; y eso es no solo la “democracia-liberal”, sino que la democracia en general. De esta parte “incuestionable” de la realidad lo primero que debiera sorprendernos es, de hecho, su condición de incuestionable.

Creemos que, en términos históricos, el contenido de la democracia está definido por cuestiones que no hemos sido capaces de asumir. Tales cuestiones forman hoy parte de un debate que se está dando en la práctica social en el mundo entero, un debate que tiene la forma de una lucha asimétrica y cruenta. Sin embargo, hasta el momento la teoría ha sido incapaz de ponerse a la altura de esas luchas y cargarlas del contenido que se merecen. Las excepciones a esta regla confirman la pobreza del medio al que pertenecemos.

Capturar con astucia y claridad, como lo hace Zizek, un tipo de fenómeno sicológico de escala social que pocos logran reconocer y nombrar parece ser un gran paso, pero no es el último. La crítica a la ideología no se detiene hasta que se haya agotado la última gota del combustible que la alimenta, y no se hayan desintegrado todas las partes de la maquinaria que la mantiene en movimiento.

 


 

Explicando los papeles de Panamá o ¿por qué un perro se lame a sí mismo?
Por Slavoj Zizek

La única cosa verdaderamente sorpresiva acerca de la filtración de los papeles de Panamá es que no hay ninguna sorpresa en ellos: ¿no aprendimos acaso exactamente lo que estábamos esperando aprender de ellos? Sin embargo, una cosa es saber acerca de cuentas bancarias en el extranjero en general y otra cosa es tener una prueba concreta. Es como saber que tu pareja te está engañando. Uno puede aceptar el conocimiento abstracto de eso, pero el dolor emerge cuando se conocen los detalles. Y cuando uno obtiene una foto de lo que ellos hacían… Entonces ahora, con los papeles de Panamá, cargamos con las fotos de la pornografía financiera del mundo de los ricos y ya no podemos seguir pretendiendo que no sabíamos.

En 1843, el joven Karl Marx afirmó que el antiguo régimen alemán “solo imagina que cree en sí mismo y demanda que el mundo deba imaginar la misma cosa”. En tal situación, dejar en vergüenza a esos que están en el poder se vuelve un arma en sí mismo. O, como Marx explica, “la presión actual debe hacerse más apremiante añadiendo a ella la conciencia de la presión, la vergüenza debe hacerse más vergonzosa mediante su divulgación”.

Esta es nuestra situación hoy: estamos enfrentando el descarado cinismo del actual orden global cuyos agentes solo imaginan que creen en sus ideas de democracia, derechos humanos, etc., y a través de jugadas como las de WikiLeaks y revelaciones como las de los papeles de Panamá, la vergüenza—nuestra vergüenza por tolerar tal poder sobre nosotros—se vuelve más avergonzante al divulgarla.

Una rápida mirada a los papeles de Panamá revela dos notables características, una positiva y otra negativa. La característica positiva es la solidaridad global de los participantes: en el oscuro mundo del capital global, todos somos hermanos.  El mundo occidental desarrollado está ahí, incluyendo los incorruptibles escandinavos, y se dan la mano con Vladimir Putin. Y Xi, el presidente de China, Irán y Corea del Norte también están ahí. Musulmanes y judíos intercambian guiños amigables—es un verdadero reino del multiculturalismo donde todos son iguales y todos son diferentes. La característica negativa es la contundente ausencia de los Estados Unidos lo que presta cierta credibilidad a las afirmaciones de Rusia y China de que particulares intereses políticos estaban involucrados en la investigación.

Entonces ¿qué vamos a hacer con toda esta información?. La primera reacción (y la predominante) es, por supuesto, la explosión de una rabia moralista. Sin embargo, lo que deberíamos hacer es cambiar el tema inmediatamente desde la moralidad a nuestro sistema económico: políticos, banqueros y gerentes siempre han sido codiciosos, entonces ¿qué es lo que en nuestro sistema económico y legal les permitió realizar su avaricia de una manera tan masiva?

A partir del colapso financiero del 2008 figuras públicas desde el papa para abajo nos bombardean con mandatos para combatir la cultura de la excesiva codicia y consumación [1]. En palabras de uno de los teólogos más cercanos al papa: “La crisis actual no es una crisis el capitalismo, sino una crisis de la moralidad”. Incluso partes de la izquierda siguen este camino. No hay falta de anti-capitalismo hoy en día: las protestas de Occupy estallaron hace un par de años, y ahora incluso estamos siendo testigos de una exceso de críticas a los horrores del capitalismo: abundan libros, investigaciones en los diarios y reportajes en la televisión sobre empresas que contaminan despiadadamente nuestro ambiente, sobre banqueros corruptos que continúan obteniendo bonos lucrativos mientras sus bancos son salvados con dineros públicos,  sobre fábricas donde niños trabajan horas extra.

Hay, sin embargo, una trampa en todo este desbordamiento crítico: lo que es por regla incuestionable es el marco democrático-liberal de la lucha contra estos excesos.  El objetivo explícito o tácito es democratizar el capitalismo, extender el control democrático de la economía a través de la presión de los medios públicos de comunicación, investigaciones gubernamentales, leyes más duras, e investigaciones policiales honestas. Sin embargo, el sistema en sí mismo no es cuestionado, y su marco democrático institucional del Estado de Derecho sigue siendo la vaca sagrada que incluso las formas más radicales de este “anti-capitalismo ético” como el movimiento Occupy  no tocan.

El error a evitar aquí es ejemplificado con la historia—apócrifa quizás—acerca de el economista de izquierda keynesiano John Galbraith. Antes de su viaje a la Unión Sovietica hacia el final de 1950, Galbraith escribió a su amigo anticomunista Sidney Hook: “No te preocupes, no seré seducido por los soviets y volveré a casa afirmando  que ¡ellos tienen el Socialismo!”. A lo que Hook respondió prontamente: “Pero eso es lo que me preocupa: ¡que volverás afirmando que la Unión Soviética NO es socialista!”. Lo que le preocupaba a Hook era la defensa ingenua de la pureza del concepto: si las cosas no salen bien construyendo una sociedad socialista, esto no invalida la idea en sí, solo significa que no la implementamos correctamente. ¿No detectamos la misma ingenuidad en los fundamentalistas del mercado contemporáneos?.

Cuando durante un debate televisivo en Francia hace un par de años atrás el intelectual francés Guy Sorman afirmó que la democracia y el capitalismo necesariamente van juntos, no pude resistir preguntarle la cuestión obvia: “¿Pero qué pasa con China hoy?”. A lo que Sorman respondió: “¡En China no hay capitalismo!”. Exactamente de la misma manera que para un comunista democrático el estalinismo no era una forma de auténtico comunismo, para el fanático pro-capitalista de Sorman si un país no es democrático simplemente significa que no es verdaderamente capitalista, sino que practica su versión desfigurada.

El error subyacente no es difícil de identificar—es el mismo que en el conocido chiste: “Mi novia nunca llega tarde a una cita, porque en el momento en que lo hace ¡ya no es mi novia!”. Así es como los apologista actuales del mercado, en un secuestro ideológico inaudito, explican la crisis del 2008: no fue el fracaso del libre mercado lo que la causó, sino la excesiva regulación estatal, es decir, el hecho de que nuestra economía no era una verdadera economía de mercado, pues todavía estaba en las garras del Estado de Bienestar. La lección de los papeles de Panamá es que, precisamente, este no es el caso: la corrupción no es una desviación circunstancial del sistema capitalista global, sino una parte de su funcionamiento básico.

La realidad que emerge de la filtración de los papeles de Panamá es la de la división de clases, y es tan simple como eso. Los documentos demuestran cómo la gente rica vive en un mundo separado en el cual otras reglas aplican, en el cual el sistema legal y la autoridad policial están altamente retorcidos y no solamente protegen al rico, sino que incluso están listos para torcer sistemáticamente el Estado de Derecho para acomodarlo.

Ya hay muchas reacciones derechistas liberales a los papeles de Panamá culpando de los excesos a nuestro Estado de Bienestar, o lo que sea que permanezca de él. Puesto que la riqueza está sujeta a tan altos impuestos no es de extrañar que sus dueños traten de moverla a lugares con bajos impuesto lo que no es, en última instancia, ilegal. Tan ridículo como este pretexto resulta ser, este argumento tiene algo de verdad y tiene dos puntos dignos de notar. En primer lugar, la línea que separa las transacciones legales de las ilegales es cada vez más borrosa y a menudo se reduce a una cuestión de interpretación.  En segundo lugar, los dueños de la riqueza que fue trasladada a cuentas en el extranjero y a paraísos fiscales no son monstruos codiciosos, sino individuos que simplemente actúan como sujetos racionales tratando de proteger su riqueza. En el capitalismo, no se puede tirar el agua sucia de la especulación financiera y quedarse con el bebé sano de la economía real. El agua sucia es efectivamente la sangre del bebé sano.

Uno no debería temer llegar hasta el fondo de esto. El sistema legal del capitalismo global es en sí mismo, en su dimensión más fundamental, corrupción legalizada. La cuestión de dónde el crimen comienza (cuáles operaciones financieras son ilegales) no es una cuestión legal sino una cuestión eminentemente política, un asunto de lucha de poder.

Entonces, ¿por qué miles de hombres de negocios y políticos hicieron lo que se documenta en los papeles de Panamá?. La respuesta es la misma que la del viejo acertijo: ¿Por qué los perros se lamen? Porque pueden.

(1) N.d.T. En varias leyes y tradiciones se le llama “consumación” al primer acto sexual que se realiza después del matrimonio. Según el Código de Derecho Canónico “el matrimonio válido entre bautizados se llama sólo rato, si no ha sido consumado; rato y consumado, si los cónyuges han realizado de modo humano el acto conyugal apto de por sí para engendrar la prole, al que el matrimonio se ordena por su misma naturaleza y mediante el cual los cónyuges se hacen una sola carne.”

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Traducción: JM / 2&3Dorm.

Luces de Progreso

[Addendum #1 / 2&3Dorm#0 – “Apuntes sobre la condición espacio-temporal del capitalismo”]

Luces de progreso
Robert Kurz

Sabido es que la historia de la modernización abunda en metáforas de la luz. El sol radiante de la razón ha de penetrar las tinieblas de la superstición y hacer visible el desorden del mundo, para organizar por fin la sociedad conforme a unos criterios racionales. Pero esa supuesta razón es en verdad el irracionalismo social de la “economía separada”. En este contexto, la “luz de la ilustración” no es en modo alguno un mero símbolo alojado en el reino del pensamiento, sino que posee un sólido significado socio-económico.

En cierto modo, la modernización ha convertido efectivamente “la noche en día”. En Inglaterra, país pionero de la industrialización, el alumbrado de gas se introdujo ya a principios del siglo XIX y pronto se difundió por toda Europa. Hacia finales del siglo XIX la luz eléctrica sustituyó a las lámparas de gas. Naturalmente se podría decir que eso no suponía un ensanchamiento de las posibilidades humanas, con tal que el alumbrado artificial se utilizara para fines libremente elegidos, empleándose o no según las necesidades y por libre acuerdo. Pero justamente eso es lo que no interesa a la totalización capitalista de la luz. La eliminación de la noche ha llegado a hacerse ubicua y permanente, a pesar de que la medicina ha demostrado desde hace mucho que provoca daño físicos y psíquicos. ¿Por qué esa inmensa iluminación planetaria, que hoy en día ha llegado hasta los últimos rincones del mundo?

El desenfrenado ímpetu del modo de producción capitalista no puede tolerar en principio ningún tiempo que permanezca “a oscuras”; pues las horas de oscuridad son también las horas del descanso, de la pasividad y la contemplación. El capitalismo requiere, por el contrario, la expansión de sus actividades hasta los últimos límites físicos y biológicos. En términos de tiempo, esos límites están determinados por la rotación de la Tierra sobre su propio eje, o sea por las veinticuatro horas del día astronómico, que tiene un lado luminoso (vuelto hacia el sol) y otro oscuro. El capitalismo propende a convertir en totalidad el lado activo y solar, ocupando el día astronómico entero. El lado nocturno es un estorbo para esa tendencia. La producción la circulación y la distribución de las mercancías deben funcionar a todas las horas sin interrupción.

Ese proceso es análogo a la transformación de las medidas del espacio. El sistema métrico fue introducido en 1975 por el régimen de la Revolución francesa y se difundió con la misma rapidez que el alumbrado de gas. Las medidas espaciales que tomaban por referencia el cuerpo humano (pies, codos, etc.) se reemplazaron por la medida abstracta del metro, que se supone equivalente a la cuarentamillonésima parte del meridiano terrestre. Esa unificación abstracta de las medidas del espacio correspondía a la cosmovisión mecanicista de la física newtoniana, que a su vez inspiró las teorías mecanicistas de la moderna economía de mercado, analizada y preconizada por Adam Smith. La imagen del universo y de la naturaleza como una sola y gigantesca máquina armonizaba con la máquina económica universal del Capital, y las medidas abstractas del espacio y del tiempo se convirtieron en la forma común de la máquina universal física y económica, tanto del universo como de la producción “separada” de mercancías.

Sólo gracias al tiempo continuo de la astronomía se hizo posible prolongar el día del trabajo abstracto hasta altas horas de la noche, devorando las horas de descanso. Sólo así se logró separar el tiempo abstracto de las cosas y circunstancias concretas. El marxismo, con su apego a la Razón ilustrada, prestó escaso interés a esas cuestiones; de modo que quedó para los ideólogos conservadores la tarea de tratar a su manera el tiempo abstracto de la modernidad, siempre en un contexto que era cualquier cosa menos emancipador: así, por ejemplo, Ernst Jünger en su Libro del reloj de arena. Pero justamente el interés de la emancipación social requiere tematizar el problema del tiempo abstracto, separado de las circunstancias efectivas de la vida, y compararlo con otras formas de tiempo que apenas conocemos ya, para fornmarnos una idea de la impertinencia descarada que es el tiempo capitalista.

La mayor parte de los instrumentos antiguos de medición del tiempo, como las clepsidras y los relojes de arena, no indicaban “qué hora es”, sino que se ajustaban a quehaceres concretos, señalándoles el “tiempo justo”, de manera tal vez comparable a aquellos relojitos de cocer huevos de hoy en día, que indican mediante una señal acústica cuándo el huevo está pasado y cuándo está duro. Aquí la cantidad de tiempo no es abstracta sino que está orientada por una cualidad determinada. El tiempo astronómico del trabajo abstracto, en cambio, es independiente de toda cualidad, permitiendo, por ejemplo, que el inicio de la jornada laboral se fije “a las seis de la mañana”, con entera independencia de las estaciones del año y los ritmos del cuerpo.

De ahí que la época del capitalismo sea también el tiempo de los “despertadores”, o sea aquellos relojes que con una señal estridente arrancan del sueño a los seres humanos para empujarlos hacia los “lugares de trabajo” iluminados por las luces artificiales. Una vez que el inicio de la jornada laborar se había adelantado a las horas de madrugada, también resultó posible postergar, a la inversa, el término de la misma hasta que fuera de noche cerrada. Esa transformación tiene también un lado estético. Así como la racionalidad abstracta de la economía empresarial en cierto modo “desmaterializa” el entorno, en tanto que fuerza a la materia y sus vínculos a someterse a los criterios de rentabilidad, así también lo desdimensiona y desproporciona. Si los edificios antiguos a veces  nos parecen más bellos y más acogedores que los modernos, y si luego observamos que aquéllos, en comparación con los edificios “funcionalistas” de hoy, parecen mostrar además ciertas irregularidades, eso se debe a que sus medidas son las del cuerpo humano y que sus formas a menudo se ajustan al paisaje circundante. La arquitectura moderna emplea, por el contrario, las medidas astronómicas del espacio y unas formas “descontextualizadas”, desgajadas del entorno. Lo mismo vale para el tiempo. También la arquitectura moderna del tiempo es una arquitectura desproporcionada y descontextualizada. No sólo el espacio se ha vuelto feo, sino también el tiempo.

En el siglo XVIII y a principios del XIX, la intromisión del tiempo astronómico abstracto en los quehaceres vitales aún se experimentaba como tortura. Durante largo tiempo, la gente se resistió desesperadamente al trabajo nocturno que la industrialización llevaba consigo. Se juzgaba una verdadera inmoralidad trabajar antes del amanecer o después de la puesta de sol. Cuando los artesanos medievales alguna vez tuvieron que trabajar de noche para cumplir a tiempo con algún encargo, había que agasajarlos con opíparas viandas y abonarles un sueldo principesco. El trabajo nocturno era una rara excepción. Una de las grandes conquistas del capitalismo es haber convertido la tortura del tiempo en medida normal de la actividad humana.

En ese punto, nada ha cambiado desde los inicios del capitalismo. Todo lo contrario, el llamado trabajo por turnos ha venido generalizándose cada vez más a lo largo del siglo XX. Con unas jornadas de dos o incluso tres turnos, se procura que las máquinas, hasta donde sea posible, funcionen sin parar, sin más interrupción que unas breves pausas para el ajuste, el mantenimiento y la limpieza. Asimismo los horarios de tiendas y grandes almacenes se aproximan al límite de las veinticuatro horas. En los Estados Unidos y muchos otros países no hay horario comercial establecido por ley, y en los letreros de muchos comercios se lee: “Abierto las veinticuatro horas”. Desde que la tecnología microelectrónica de las comunicaciones ha globalizado la circulación dineraria, la jornada financiera de cada hemisferio enlaza sin solución de continuidad con la del otro. “Los mercados financieros no duermen nunca”, reza la publicidad de un banco japonés.

Las luces de la Razón ilustrada son la iluminación de los turnos de noche. A medida que se totaliza la competición en los mercados anónimos, el imperativo social y externo se transforma en compulsión interior del individuo. El sueño y la noche se convierten en enemigos, pues quien duerme pierde oportunidades y se halla indefenso ante los ataques de los demás. El sueño de los hombres de la economía de mercado es breve y ligero como el de las fieras, y tanto más cuando más aspiran al “éxito”. Incluso hay seminarios para ejecutivos en los que se enseña técnicas de minimización del sueño. Las escuelas de self-managment afirman con toda seriedad que “el businessman ideal no duerme nunca”, ¡igual que los mercados financieros!

 
La expropiación del tiempo

En la antigüedad y la Edad Media, la cantidad de tiempo destinada a la producción era, pese a su nivel técnico inferior, mucho más reducida que bajo el capitalismo. De las reglas monásticas de la primera Edad Media, que, como precursoras que fueron de la moderna disciplina de trabajo, contenían ya elementos de un tiempo abstracto, se desprende el sorprendente hecho de que para la mortificación por el trabajo raras veces se preveían más de seis o siete horas diarias: ¡así que en aquel entonces se juzgaba un acto piadoso de penitencia y mortificación lo que hoy en día los sindicatos de unos pocos ramos y países truinfadores del mercado mundial están celebrando como la mayor conquista de la “reducción de la jornada laboral”!

Los modernos “estudios sobre el ocio” registran con asombro que «entre los pueblos agrarios primitivos y en la Antigüedad, los días de descanso sumaban a menudo la mitad del año… Incluso los esclavos y artesanos que realizaban trabajos asalariados no estaban sometidos al trabajo con la intensidad como cabría suponer desde el punto de vista moderno… A mediados del siglo IV, en la República romana se contaban nada menos que 175 días de descanso».(2) Sólo en la gloriosa modernidad los tiempos festivos han venido reduciéndose cada vez más para ensanchar el espacio-tiempo del trabajo.

Ese afán absurdo pretende romper a la fuerza hasta los límites del día astronómico. Así, en el Japón se está experimentando con toda seriedad, por lo que parece, con una jornada de veintiocho horas: «El día sigue teniendo sólo veinticuatro horas, que no alcanzan para todo lo que hay que hacer. Pero ¿por qué veinticuatro horas? La respuesta habitual es: porque la rotación de la Tierra tarda veinticuatro horas, lo cual determina el ritmo del día y de la noche. Pero ¿qué importancia tiene eso realmente para nuestra vida hoy en día?… Así por lo menos razona Sports Train, la empresa japonesa que acaba de lanzar al mercado “Montu”, el primer reloj para el día de veintiocho horas… Los empresarios sacarán buena tajada de eso, pues con días de veintiocho horas economizarán un día entero por semana; y en efecto, “Montu” prevé la semana de seis días»(3).

El tiempo libre no es tiempo liberado sino un espacio funcional secundario del capital. no se trata de un ocio libre sino de un tiempo funcionalizado al servicio del consumo permanente —y sumamente fatigoso— de mercancías. De manera que la industria de la cultura y del ocio va formando nuevas esferas de trabajo; por otra parte, el propio tiempo libre acaba siendo asimilado al tiempo de trabajo. El hombre capitalista de hoy es trabajador no sólo cuando está ganando dinero sino también cuando lo gasta.

Asimismo la contradicción de este modo absurdo de producción y de vida —que en el pasado se manifestaba también como una contradicción subjetiva, como protesta contra las impertinencias— se ha objetivado casi enteramente y sólo se muestra ya como realidad del desempleo. Y éste, en efecto, está creciendo a escala mundial de manera dramática. Así la contradicción insoportable sólo se vuelve visible ya en sentido negativo. El desempleo bajo el capitalismo ni siquiera es tiempo libre sino únicamente tiempo de pobreza. No se invalida el principio del trabajo sino la existencia de quienes no lo tienen. El trabajo de los parados consiste en el penoso deber de buscar otro trabajo, azuzados y humillados por la administración burocrática del trabajo y de la pobreza.

Desde que la utopía del tiempo libre ha fracasado no menos vergonzosamente que la utopía del trabajo, la protesta salvadora sólo podría ya consistir en el rechazo del entero sistema de referencias, liberándose de la prisión de las categorías capitalistas. Un retorno a la sociedad agraria premoderna no es posible ni deseable. El análisis histórico sólo puede tener el sentido de sacar a la luz el grotesco contrasentido del hecho de que que todo el inmenso desarrollo de las fuerzas productivas de la modernidad no haya servido para otra cosa que la erradicación casi total del ocio libre. Sólo se puede ya atacar el capitalismo atacando el trabajo mismo.

Para ello conviene consultar una vez más a Marx; pero a aquel Marx “oscuro” al que los marxistas del trabajo siempre han pasado por alto: «El “trabajo” es por esencia la actividad carente de libertad, inhumana y asocial, cuya condición y cuyo resultado es la propiedad privada. La superación de la propiedad privada, por tanto, sólo será realidad cuando se la conciba como superación del “trabajo”».

Notas

1. Júnger, E., El libro del reloj de arena, trad. cast. de P. Giralt, Argos Vergara, Barcelona, 1985.
2. Opaschowski, H.W., Einführung in die Freizeitwissenschaft, Opladen, 1997, pp. 25s.
3. Coulmas, F. “Montu bis Satsun”, Wirtschaftswoche, Dusseldorf, nº 10, 1999.

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Tomado de: “El absurdo mercado de los hombres sin cualidad”, Anselm Jappe, Robert Kurz, Claus Peter Ortlieb / Pepitas de Calabaza, 2009.

La división del trabajo.

  1. Soy obrero y trabajo construyendo viviendas sociales. Mi familia no tiene una casa propia. Por eso, todos los días me llevo algunos planos a un sitio abandonado. Ahí intento seguirlos para armar una casa. Pero no importa como los interprete, el resultado es siempre una celda de prisión.
  1. Soy estudiante y actualmente trabajo construyendo viviendas sociales. Sin embargo, creo que la empresa construye prisiones para los obreros. Comprobar que esto es así podría resultarnos muy útil. Por eso todos los días me llevo los planos a mi casa. Allí intento seguirlos para armar la celda. Pero no importa como los interprete, el resultado es siempre una vivienda social.
  1. Soy arquitecto y actualmente trabajo para el ministerio de vivienda y urbanismo. Los obreros creen que construimos viviendas sociales. Los estudiantes creen que construimos prisiones para los obreros. La vivienda social puede ser un modo de control social. La prisión puede ser una forma de vivienda social. Lo que construimos depende de los obreros, los estudiantes y los arquitectos.